Mis últimos días en Granada (Relato de un patibulario)

La ciudad reposa, y las calles, no sé si son apreciaciones mías o tal vez porque hoy es una madrugada del lunes; descansan como una hábil amante después de haber obtenido el más placentero orgasmo imaginable. Su respiración, débil y entrecortada, me cosquillea por última vez en lo que para mí supone demasiado tiempo, el dejado vello de mi barba que crece agreste y descarado
evidenciando mi dejadez y unos días en los que he estado convaleciente.

En frente, bloques de pisos que delatan el origen de sus inquilinos: Estudiantes universitarios.
Hay características que suelen ser determinantes, bien se den todas al unísono o incluso sólo una de ellas:
Luz de flexo que ilumina tenuamente una habitación creando sombras casi siniestras en el techo, risotadas más propias de compañeros de piso que de familiares, extraños ornamentos consistentes en compactos o murales de semidiosas en pelota picada y metrosexuales de torso desnudo.
Yo mismo fui, o tal vez incluso soy uno de ellos, (me refiero a estudiante, y no a metrosexual de torso desnudo. Sólo pretendo que ninguan jovencita se anime a escribirme por ello; pues no hay nada más desagradable que no cumplir con las expectativas ajenas.)
Vine en los últimos días de septiembre con la excusa de presentarme a unos exámenes que ni siquiera sabía qué día estaban fijados, cuando la calor era semejante a la de ahora y mis ansias de llegar un punto menores que la melancolía que preveo se adueñará de un servidor apenas haya quedado cerrado detrás la puerta del que ha sido el primer lugar en el que me he sentido a gusto.
Paseé por las calles, sin saber a donde ir, víctima de un sentido de la orientación precaria y a la vez ebrio de novedades y queriendo pisar todos y cada uno de los rincones de Granada.

Francamente no comprendo a quienes han salido huyendo en pos de su hogar al terminar su curso académico o al dejar de tener trabajo. Es como si se sintieran nostálgicos del sitio donde han habitado tantos años, se diría que echan de menos a sus familiares y amigos e incluso podría llegarse a afirmar que están más felices en sus lugares de origen que aquí.
Es una actitud tan generalizada, que me temo que el que experimenta un comportamiento anómalo soy yo. Los últimos meses, he vuelto a mi mal llamado hogar las mínimas veces imprescindibles, algunas incluso he restado en soledad entre estas cuatro paredes con la única compañía de mi ordenador, canciones que comienzo a conocer mejor que su autor y libros que ahora anhelan tornarse amarillenos para recordarme que el tiempo ha pasado.
Y finalmente se ha terminado… Los días se sucederán grises uno tras otro de nuevo, el mismo tono distorsionado de vieja radio me despertará en la mañana, por mi balcón apenas pasarán coches y el bullicio de los que se levantan antes de que el sol asome tímidamente y la claridad hiera la pupila, no turbará una quietud que a diferencia de la de este mismo instante se me antojará molesta e insultante.
Dará la impresión de que no soy más que un pobre egoísta. Sin embargo, ninguna otra observación podría ser tan errada: Lo que realmente me preocupa, lo que me inquieta, es la incertidumbre de no saber qué será de esta tierra cuando sus cincuenta mil estudiantes que le conferían vida y la convertían en ese bello relieve con una Alhambra solapada sobre Sierra Nevada, languidezca ante los días más bochornosos del año.
Seguramente muchos granadinos de pura cepa acaricien con fruición la tranquilidad de los momentos venideros, plenos de sosiego. Otros, se librarán del calor de la urbe y correrán a ponerse en remojo a la playa mientras todo pasa… Pero ellos, ¿qué sabrán ellos, después de una vida aquí, lo que es sentirse embrujado por esa mujer de ojos moros que nunca dejó de ser Granada?

9 respuestas para “Mis últimos días en Granada (Relato de un patibulario)”

  1. juan:

    no te preocupes_ se van los estudiantes… y llegan los guiris.

    aunque pensandolo mejor, guiris en granada hay todo el año.
    ahora simplemente seran mas, tanto en valor absoluto como en relativo.

  2. infopoeta:

    Tengo una sensación similar a la que cuentas en tu post, que además me ha gustado mucho :)

  3. martushka:

    me ha gustado tu post… a mí me pasaba exactamente lo mismo antes. No tenía ninguna necesidad de irme a casa y la gente se extrañaba. Salamanca en la carrera fue el mejor patio de juegos que jamás pude tener. Pero como todo, esa sensación pasa, y después de 8 años aquí empiezo a estar cansada, y a necesitar un cambio de aire. Una innovación, un soplo de aire fresco, igual que cuando llegué aquí.
    Un besote

  4. José Manuel:

    En Granada, en verano, en un piso de estudiante, con un calor asfixiante, todo el mundo de vacaciones… TU ERES MASOCA.

  5. unamaruja:

    ¿Ves cómo llevo razón cuando te digo que eres un chiquillo dulce?
    Esperemos que nos sea leve esa ausencia.

  6. Misósofos_:

    Gracias por los ánimos, Juan; me alegra que conectemos, infopoeta y martushka.
    José Manuel, no seas prosaico ;-P
    unamaruja, me sonrojas :P

  7. tt:

    Si tú quisieras Granada, contigo me casaría,
    dárate en arras y dote a Córdoba y a Sevilla?
    Ains cuanto enamorado de Granada, y cuanto exagerao, si no pasa na? que en septiembre seguirá allí, ya veras!

  8. Anónimo:

    hola

  9. Anónimo:

    Saludos:

    Por si quieres conocer algo más de lo que también viven otras prsonas por las cosas de Granada, aquí te dejo un enlace a mi blog. Échale una ojeada a ver qué te parece.

    Blgo: Tus últimos días en Granada
    http://laricp-casorla.blogspot.com/

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