La crisis en la Gare Montparnasse
Alimentar palomas
Repetir el mismo trayecto semana tras semana. Hay a quien le gusta viajar, pero dudo que a nadie le guste repetir el mismo recorrido. Aprendà a apreciar el tiempo de espera entre la llegada del metro a la Gare de Montparnasse y la salida del tren. Normalmente tenÃa que caminar mucho hasta llegar al vagón que me habÃa sido asignado, asà que solÃa andar por allà con al menos una hora de antelación.
Un dÃa durante la espera, saqué la barra de pan que tenÃa en la mochila. Le di un mordisco y lo tragué junto a una rodaja de salchichón. Era una manera improvisada de hacerse un bocadillo. Dos o tres palomas aparecieron para comerse las migajas. Eran negras y grises y avanzaban moviendo la cabeza de esa forma tan caracterÃstica. Les arrojé un gran trozo de pan y comenzaron a picotearlo. Pero aún no se habÃan tragado el primer pedacito cuando un pájaro pequeño apareció, lo agarró entero con el pico y ante mi sorpresa, se lo llevó volando a las vigas metálicas del techo de la estación de trenes. Las palomas continuaban esperando mis migajas mientras el pajarito se habÃa llevado el cuscurro.
Repetà varias veces el mismo experimento. A veces las palomas amenazaban con picotear al pajarito que las esquivaba con tremenda habilidad, para siempre llevarse el trozo de pan mayor y dejar las migajas. HabÃa bastantes gorriones, pero las palomas eran más numerosas y más grandes. Sin embargo, siempre acababan por ser engañadas.
Comencé a alimentarlas con galletas. Cada vez que se las arrojaba enteras intentaban romperlas, pero sin ningún éxito. En cambio los gorriones se las llevaban tal cual. Una chica me habÃa estado observando todo el rato. Me miró y sonrió. No sabÃa qué decir, asà que no entablé conversación con ella. La volvà a mirar varias veces, pero ya no me miraba ni sonreÃa. HabÃa perdido la oportunidad de pasar el tiempo haciendo otra cosa distinta de alimentar a los pájaros. Tampoco me importó demasiado. HabÃa sido antipático cuando eran simpáticos conmigo y a la inversa. Ese dÃa sólo querÃa alimentar a las aves.
Tiré mi último y mayor trozo de pan al suelo. No apareció ningún pajarito y casi pensé que serÃa pasto de las palomas. Sin embargo mientras iba al tren, vi a un gorrión que lo sostenÃa en el pico. Las palomas continuaban en el suelo, esperando los restos de cualquier otra persona. Esta vez, aquel gorrión habÃa sido tan avaricioso, que cuando sobrevolaba el lugar en el que yo estaba, no tuvo más remedio que dejar caer el pan. Sólo quedaban quince minutos hasta que el tren saliera. Pero tuve tiempo de desmigar el pan hasta reducirlo casi a polvo. Y tuve la certeza de que aunque no me quedara tiempo para verlo, ni ninguna chica misteriosa sonriera al verme hacerlo; acabarÃa alimentando a las palomas.