Taxi BAC
Il est une heure du matin. Johanna a bien mis son réveil pour ne pas rater le rendez-vous. Fraîche, d’esprit et d’hiver, elle a marché à pas martial les cent vingt mètres qui la séparaient du métro. Elle était occupée pendant la semaine et ne prenait ce transport que lorsqu’elle faisait la fête. Elle a oublié la lunditude de la soirée et s’est retrouvée dans la rue.
Le taxi n’était pas une option financièrement convenable. Elle était responsable de la régie pour les amis qui l’attendaient. La solution la plus adéquate au problème a été pour elle de lever le doigt comme l’a fait Kerouac tant de de fois. Il en aurait été fier. Sauf que Kerouac n’était pas une fille blonde en jupe et manteau à Paris, ni allemand.
Deux ou trois voitures ont défilé sans s’arrêter. La quatrième a répondu à l’appel :
- Bonsoir, excusez-moi, vous pourriez m’emmener à Montmartre, j’ai raté le dernier métro et je dois y aller.
- Vous demandez comme ça, a des inconnus, au milieu de la nuit de vous prendre dans leur voiture ?
- Vous avez de la chance, a dit une deuxième voix du siège arrière, nous sommes de la BAC.
- De la quoi ?
- Des policiers, mademoiselle. Ce que vous faites est dangereux pour vous. Vous avez vraiment de la chance que ce soit nous et non pas quelqu’un d’autre.
- Vous êtes des policiers ? Pourquoi vous n’avez pas d’uniforme ? Et la voiture ? Ce n’est pas une voiture de flic.
- On ne dit pas « flic », mademoiselle, on dit policier ou les forces de l’ordre.
- Désolée, je suis en Erasmus et c’est le mot que j’écoute partout.
- Ça arrive, ça arrive. Voici nos identifications.
Elle s’est penchée vers la porte pour les lire.
- Montez, on va vous emmener à Montmartre. Read more…
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Vous avez un petit ami? Ou de flic en aiguille
I
Johanna avait rendez-vous au Métro Trinité, elle se perdit, elle arriva en retard. En vérité, elle avait à moitié oublié (oui, c’est possible) le métro du rendez-vous parce qu’elle ne prenait pas ce genre de transport. Pour elle, le réseau souterrain n’était qu’un ensemble d’entrées décorées avec de la ferraille qui conduisaient vers un autre monde qui ne l’intéressait pas.
Elle était « comme ça ». Elle en était parfois consciente. C’est à cause de cela que, certaines fois, elle oubliait qu’elle était en France et qu’elle était quelqu’un d’autre, différente de la fille qui parlait allemand et étudiait médecine dans son pays. Oui, elle se sentait étrangère parce qu’elle l’était, mais parfois elle s’en rappelait d’avantage :
- Excusez-moi, demanda-t-elle au policier posté en haut des escaliers de la station, le métro est fermé ?
- Oui, mademoiselle, c’est fermé.
- Non, mais c’est vraiment fermé ? voulut savoir son ami, qui n’avait jamais vu une station fermée en pleine journée.
- Oui, monsieur, c’est vraiment fermé.
- Et pourquoi ? Demanda-t-elle avec un bel accent allemand.
- C’est fermé, c’est tout, dit d’un ton sec celui qui se trouvait au milieu des escaliers, fermant l’enceinte qu’ils formaient pour empêcher le passage.
C’était donc vrai, et ça la rendait heureuse. C’était un jour ensoleillé d’automne et elle préférait prendre le Vélib’. Elle apprit que c’était le moment idéal pour dire «tant mieux » et demanda :
- La station de Vélib’ la plus proche ?
- Vous venez d’où, mademoiselle ? Répondu policier, les bras croisés, les mains noires gantées, la matraque ceinte, la radio bafouillant des mots derrière sa voix grave et rauque.
- Comment ?
- Vous venez de quel pays ?
- Moi ?
- Répondez, mademoiselle, ordonna le policier, fatigué de cet échange de questions.
- Je viens d’Allemagne, pourquoi ?
- Et en Allemagne vous tutoyez les personnes que vous ne connaissez pas ? Ici il y a ce qu’on appelle la politesse et on ne tutoie pas les personnes, et on dit d’abord «excusez-moi », ou « bonjour » ; on n’arrive pas comme ça.
- Mais j’ai dit « excusez-moi », non ? Demanda-t-elle auprès de son ami mexicain. C’était vrai, mais peu vérifiable si le plaignant est celui qui a oublié et qu’il est armé; ça donne tout de suite moins envie de s’expliquer.
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Acero toledano
Un motivo para que ParÃs caiga en falta, es que aquella metrópoli era perfectamente capaz de ser lo que uno quisiera. HabÃa un lugar para los vendedores de mazorcas, los jamaicanos traficantes, los mexicanos existencialistas y hasta para las jirabas carnÃvoras de tres ojos. La idea que cada uno se llevaba de aquella ciudad, dicho en otras palabras, no dependÃa más que de uno mismo. DirÃase que allá cada cual encontraba una felicidad a su medida y que la tonalidad del francés limaba las asperezas convirtiendo la mayorÃa de las ofensas en tolerables. El hambre pasaba por bohemio y los mostrencos que pobablan sus calles eran dueños de espÃritus libres que de entre la miseria, sacaban a fuerzas para ser corteses con quienes mendigaban e ingenio artÃstico para que aquella misma mendicidad no se convirtiera en la queja de un pedigüeño.
La ciudad de Toledo muy al contrario, era un cuchillo. No solamente todo el mundo se dedicaba a vender hojas cortantes con una empuñadura, sino que además habÃan llevado los cuchillos hasta el paroxismo. Los niños, jugaban con navajas en la calle entre duelos a espada de adultos que no cejaban de representar una actitud ejemplarizante. El ayuntamiento cobraba las moras gracias a los servicios de pandillas de navajeros que amenazaban e incluso agredÃan a los deudores sin el más mÃnimo asomo de piedad. Por supuesto, los objetos filosos también formaban parte del dÃa a dÃa hasta tal punto, que se encontraban arraigados en todas y cada una de las tareas cotidianas: Los hombres se afeitaban a navaja, los doctores cambiaron el bisturà por afilados cuchillos quirúrgicos, las uñas se cortaban valiéndose de un machete, las cartas se abrÃan con un escalpelo y el hielo sólo se vendÃa en grandes rocas congeladas que habÃan de ser reducidas a cubitos mucho mas pequeños con la ayuda de un punzón pica-hielo.
Sea como fuere, no es de menester que alguien sienta lástima por Toledo ni por sus orgullosos habitantes. Cada ciudad, salvo ParÃs, posee sus virtudes y sus defectos y quien en ella vive, la comprende y la ama por ello; ya sea profundamente, ya sea desde el conformismo feroz que asegura el no creer que sea posible encontrar otra tierra más generosa. Por otro lado, si han de experimentar benévola conmiseración por un núcleo urbano, háganlo por Granada. Doy fe de que en lugar de llover, el cielo llora; de que no hay gente tan feliz como para no caer en el llanto veinte veces al dÃa. Ninguna criatura muere asfixiada al nacer a pesar de que tristemente, se deba a que la mayorÃa ya han muerto de pena en el viento materno. Las fuentes reciclan los lÃquidos lacrimosos para darlos de beber a todos y que asà recobren los minerales y las energÃas perdidas en la continua congoja que todo lo embarga. Granada es un sollozo, un alarido quejumbroso y un grito de desesperación.
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Reminiscencias con sabor a Mouffetard
¿Qué importaba si el tiempo decidÃa pasar más deprisa o más despacio? ¿O si incluso se detenÃa? Era exactamente lo mismo que lloviese, granizara o se acercara el diluvio universal. Cuando se habla de dependiendo qué, los detalles del resto de las cosas son irrelevantes. Si aquella noche un cuerpo celeste hubiera atravesado todo el cielo para caer y aplastarnos, se habrÃa tratado de un hecho igualmente baladÃ.
Me refiero a algo de suma importancia y que nos atañe a todos.
Os juro, que la criatura más hermosa,
La chiquilla más esplendorosa sentada en la rue Mouffetard.
Viéndola en el escalón con su media sonrisa y tan ebria,
Viendo a la perpetua Extranjera en su ParÃs de idilio,
Viéndola tan singular y tan borracha.
Jamás me vi asà de apretada la mandÃbula,
o hincándome tanto las uñas.
La bilis manaba a borbotones de la garganta.
En la rue Mouffetard el deseo mataba en silencio.
Ni después de cien mil billetes de metro.
Ni gritando, ni callando,
Ni corriendo, ni entristeciendose, ni riendo.
Asà cante el pájaro y llore sangre el cielo,
Es menester menoscabar un supremo deseo.
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Programa Erasmus de Granada
Me preguntan, de qué manera podrÃa mejorarse el programa Erasmus en un cuestionario que nos obligan a rellenar a todos sus beneficiarios, para entregarnos la última parte de la beca.
Respondo, con toda mi sinceridad:
“Poniendo un mono con una pandereta en la oficina de Relaciones Internacionales. ResolverÃa igual de bien nuestros problemas que el personal de dicha sala y en lugar de un sueldo, sólo tendrÃamos que darle plátanos. No se mejora nada, pero al menos se ahorra dinero del contribuyente.
La respuesta a la ineficacia inherente al funcionariado español, es la construcción de una página web que facilite todos los procesos a realizar y la información pertinente vÃa telemática. De este modo la lacra que supone depender de un puñado de personas sin ganas de trabajar, quedarÃa suprimida.”
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Cómo mejorar el programa Erasmus
Me preguntaron, cómo podrÃa mejorarse el programa Erasmus en un cuestionario que nos obligan a rellenar, para entregarnos la última parte de la beca respondà por escrito y con toda la sinceridad del mundo:
“Poniendo un mono con una pandereta en la oficina de Relaciones Internacionales. Éste resolverÃa igual de bien nuestros problemas que el personal de dicha sala y en lugar de un sueldo, sólo tendrÃamos que darle plátanos. No se mejorará nada, pero al menos se ahorrará dinero del contribuyente.
La respuesta a la ineficacia inherente al funcionariado español, es la construcción de una página web que facilite todos los procesos a realizar y la información pertinente vÃa telemática. De este modo la lacra que supone depender de un puñado de personas sin ganas de trabajar, quedarÃa suprimida.”
Luego por supuesto, borré lo escrito en el procesador de textos. No era cuestión de que los que aún deben ingresarme el último pago de la beca, se supieran tan insultados por mÃ. Además, soy un ser humano egoÃsta. Para mà ya se ha acabado el Erasmus, y en cuanto a los que vengan detrás, que cada palo aguante su vela.
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Fumar cannabis en ParÃs
Un lugar seguro para fumar sin ser molestado. Es fácil de encontrar, pues se halla en cualquier parque, en cualquier calle poco transitada, en el ángulo muerto desde el balcón que se forma al pie de un monumento erigido con gran altura. ¿Por qué hay que esconderse? La policÃa. Los gendarmes, la guardia, los soldados, ¡la hostia de gente! Todo armados con pistola para protegernos de los demás y de nosotros mismos. Sin saberlo, Pavel el Chilango Cabrón Culero y yo, éramos peores que los asesinos en serie, los maridos maltratadores, los proxenetas de más baja calaña y los traficantes que manejan volúmenes cuantiosos de cifras con demasiados ceros para permitir dormir a cualquier tipo de fuerza del orden con un mÃnimo de conciencia.
Sólo nos fumábamos unos petas. Y puede ser que los hubiéramos acompañado con unas chelas (seguro) o que yo hubiera hecho algún comentario obsceno acerca de alguna de las féminas que se abrÃan como flores a la llegada de la primavera, con cuyos pétalos me secarÃa el semen después de una inmensa corrida para después mearme en sus raÃces y pudrirlas. Es decir, que en cuanto a lo que a la sociedad respectaba, no representábamos ningún peligro serio ni debiera asignarse a nuestra custodia más de un agente por cada mil individuos como nosotros.
Sin embargo fueron seis. O siete, o un millón. Todo eran uniformes y una demostración de poder, que eclipsaba a todos los que estaban sentados en el prado, a más de cincuenta metros. -Lo puedo jurar, señor agente. Ni siquiera una ventosidad de Pavel molestarÃa a nadie a esta distancia, ¿cómo podrÃa hacerlo un canuto con marÃa mojada, que casi ni siquiera coloca?- La cuestión era que fumar cannabis no está permitido en Francia, y que, según el que más mandaba de entre aquél grupo de payasos -véase, policÃas-, nos obligó a agradecer el hecho de que no nos llevara a la comisarÃa. -Merci, Messieurs-, como si nos hubieran permitido el comer postre el resto de la semana, en lugar de robarnos tiempo y dinero, al encasquetarnos unas cuantas horas en prisión preventiva y quién sabe si una multa exorbitada para aquellos en cuyos bolsillos campan los céntimos espaciosamente.
Dejamos el parque de Buttes Chaumont como el que desenvuelve un caramelo para chupetearlo en clase, sin hacer el menor gesto o movimiento con la boca, que lo señale como culpable. Tal vez ni siquiera nadie se hubiera dado cuenta de lo que fumábamos. Quizás aún de haberlo sabido, no les hubiera importado. Sin embargo, la ley nos aplastaba como una bota gigante que se ensaña con una hormiga, deteniéndose a instantes antes de machacar contra la calzada nuestro esqueleto. Sólo nos quedaba una alternativa. Debimos ir a visitar al jamaicano. Uno de esos jamaicanos arquetÃpicos que venden hierba en una gran urbe en la que sólo están de paso unos años. Nos volvió a cobrar, por la hierba que los oficiales nos hicieron destruir pisándola contra el césped, o como dirÃan los mexicanos “el pasto”. Aunque nos la hubieran quitado de nuestros bolsillos, ningún cuerpo policial consiguió sacarla de ese otro mercado ilegal que abunda en la calle.
DÃas después, en Amsterdam, no he sido capaz de sentirme seguro. Barruntaba que en cuaquier momento las fuerzas del orden vendrÃan a censurar mi práctica. Pero os juro que ni siquiera la gente me miraba raro. Os aseguro que existÃan cartas con listas de precios por gramo para cada una de las variedades cannábicas conocidas. El porro era el emblema bajo cuerda de un paÃs que presumÃa de tener un menor porcentaje de fumadores de hierba que Francia. La prohibición no le interesaba a una alianza férrea entre gobiernos y narcotraficantes. ¿A cuánto asciende la multa, por vivir engañado proporcionando dinero a quienes nos oprimen por sus propios intereses? ¿Y a quién habrÃamos de cobrársela? Seguramente nos acabarÃamos enredando en la burocracia antes de dar con el responsable.
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Balance general
Si esta humilde bitácora, aún contara con un número aceptable de visitantes, tal vez estos se hubieran dado cuenta de que últimamente su creador (es decir, yo), no publica nada nuevo. Muy al contrario, las novedades que hay son debidas a Pavel, un mexicano cuya pluma se ha puerto al servicio de rellenar ese enorme vacÃo que queda cuando a uno no se le ocurre nada que con llenar las hojas en blanco.
Por otra parte, las impresiones de página, han pasado de casi dos mil diarias a unas escasas doscientas. ¿Será debido a que google ha dejado de amar la Misobitácora? ¿O tal vez porque a causa de la presión policial, me vi en la obligación de acabar por quitar los textos más controvertidos? No tengo la menor idea, francamente. En cualquier caso, he dejado de poseer una página rentable a verme en la obligación de poner dinero de mi propio bolsillo para mantenerla a flote.
A no ser que la crisis que azota Europa y que se ceba especialmente con nuestra querida piel de toro, me obligue a ello, la mantendré en lÃnea durante toda mi vida. Estoy a la expectativa de que algún dÃa se me vuelva a ocurrir alguna idea. Por el momento, hacer cualquier cosa que tan siquiera se asemeje a leer o escribir, me produce urticaria. Supongo que últimamente he estado demasiado ocupado viviendo para dedicarme a estos menesteres.
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El oro que robaron los españoles
Cada vez que conozco a algún latinoamericano, no importa su sexo, edad, ocupación social o si es zurdo, diestro o ambidiestro; me acaba insinuando, comentando algo al respecto o preguntando abiertamente: “¿Dónde está el oro que se robaron ustedes los españoles?”
La verdad, es que nunca he sabido muy bien cómo contestar ante tamaña afirmación. Ya he registrado los cajones de mi cuarto, bajo mi cama y hasta he vaciado centenares de botellas de vino, no fuera a ser que el oro estuviera en el fondo. En lo que a mà concierne, justo es subrayarlo, puedo jurar sobre la tumba de mis antepasados, que no vi ni una sola pepita del caro metal.
Por lo tanto, para responder a sus acusaciones, de ahora en adelante, seré yo el que les formule una pregunta: ¿Dónde está el encendedor que se robaron ustedes los latinoamericanos?
Seguramente ellos se defenderán diciéndome: ¿Cuál encendedor? ¿Qué latinoamericanos?
Entonces, les contestaré: Pavel, que era un mexicano buena onda pero algo culero, me lo robó. En vista de lo cual, os hago culpables a todos. Tengo más motivos que vosotros para inculparos, puesto que Pavel es un contemporáneo vuestro y en cambio, las riquezas que los españoles de hace cinco siglos pudieran arrebataros, no fueron sustraÃdas por mÃ, ni por mi padre, ni por mi abuelo, ni por mi bisabuelo… Sino por alguien que tal vez, ni siquiera esté en mi árbol genealógico.
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Relaciones a distancia
Andrés es un colombiano bastante gonorrea y mal parido. Rehúsa usar mensajerÃa instantánea ni ninguna red social del estilo de Facebook. Seguramente sea porque siente asco ante la idea de mantener una relación a distancia sin ningún fundamento, frÃa y como una flor marchita que perdió su lozanÃa hace tiempo.
Puede que a causa de ello, se arriesgue a caer en el olvido antes que los demás, que sólo serán recordados por las letras de su nombre concatenadas en caracteres de imprenta, a su misma vez expuestos en una pantalla de ordenador. Sin embargo, siempre permanecerá en mi memoria cada vez que oiga hijueputa pues.
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