Volver a ParÃs
España me estaba asfixiando. Nunca supe por qué no abandoné una carrera que jamás me satisfizo. Luego de acabarla parecÃa que mi única salida laboral era ser profesor de francés -idioma que no dominaba tanto como era deseable para ocuparme de tal menester-; y de hecho, acceder a ese puesto era el sueño húmedo de todos mis compañeros de maestrÃa. Nos apuntamos a un máster de profesorado caro y mal organizado con tal de tener una expectativa laboral, pero los recortes en los sueldos de los funcionarios y la abrupta disminución de la incorporación de nuevos, hacÃan que dedicar otro año de mi vida más a opositar pareciera una completa locura. Muchos de mis compañeros eran mejores filólogos franceses y sabÃa a ciencia cierta que me los encontrarÃa en las oposiciones. Algunos me parecÃan aun menos preparados que yo y me los encontrarÃa igualmente. Read more…
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Es personal
Esta frase que tanto se repite cuando pido a alguien los ejercicios y tareas del Máster, en realidad tiene otros significados distintos del original.
Puesto que los ejercicios que nos mandan hacer son estúpidos y de nula utilidad, ¿por qué no hacerlos entre todos? El plan hubiera salido bien, de no ser por el egoÃsmo. SolÃan poner excusas varias, pero estaba claro por qué no querÃan prestar su trabajo. En primer lugar, hay que hacer constar que no los hubiera perjudicado en absoluto. Era obvio que habrÃa que cambiarlo hasta dejarlo irreconocible para que no nos acusaran de plagio.
Entonces, ¿por qué no los querÃan dejar? Mi excusa favorita es la de “es un trabajo personal.” ¿Y? ¿Qué trabajo o deber no es personal? Lo que en realidad querÃan decir era lo siguiente:
a) Si no te esfuerzas tanto como yo, me sentiré tonto cuando ambos obtengamos el mismo resultado.
Y algunos incluso añadirÃan una segunda parte a la negativa:
b) Prefiero que no apruebes el máster y asà tendré un competidor menos en las oposiciones.
Por eso me quiero ir de aquà cuanto antes y ponerme a limpiar la mierda en otro paÃs. Limpiar mierda en sentido literal, te ayuda a no tener que hacerlo en sentido figurado. Y tengo claro que prefiero lo primero.
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Gracias en el nombre del máster
Envié un correo electrónico al Centro de Estudios de Posgrado que rezaba:
Buenos dÃas:
Mi nombre es Misósofos y creo que no figuro en las listas del
segundo turno del módulo del libre disposición. ¿Puede ser porque no
rellené el formulario de elección de turno? Me informaron de que me
pasarÃan automáticamente al segundo turno al no estar en el primero,
pero no ha sido asÃ. Mis asignaturas son Atención a la diversidad y a la
multiculturalidad y Atención a los alumnos con necesidades especiales.
Mañana se supone que deberÃa comenzar mi turno y estoy un poco
preocupado. Por favor, contéstenme con la mayor brevedad posible.
Atentamente,
Misósofos
El procedimiento no podÃa hacerse tampoco a través del teléfono, por lo que además de ir a mis prácticas para que el profesor-tutor no se presentara en el lugar en que creà que lo harÃa, debà acudir posteriormente a solucionar un asunto administrativo. Cuando me enteré de las gestiones pertinentes para solucionar mi situación, me di cuenta de que hubiera sido imposible en efecto. Al menos sin que dejara un regusto a máster en la boca.
Otra vez la persiana de posgrados volvÃa a abrirse.
-Buenos dÃas.
-Buenos dÃas.- le respondÃa yo al señor de pelo cano que la abre siempre.
Aunque lo cierto era que los dÃas que tenÃa que estar en posgrado a las nueve de la mañana para subsanar algún error, nunca comenzaban demasiado bien.
Las dos secretarias de la puerta charlaban amigablemente sobre el marido de una de ellas. Me acerqué a un secretario.
-Buenos dÃas.
-Espere.- dijo mientras descolgaba el teléfono.
Su compañera quiso atenderme:
-¿Qué es lo que te ocurre?
-Pues verá, no he salido en las listas del segundo turno del módulo de libre disposición. No sé si es porque no rellené el formulario, me dijeron que me pasarÃan automáticamente la segundo turno, pero no lo han hecho.
-Ve allÃ, pide un papel de peticiones varias y lo rellenas.
Mientras hacÃa todo aquello su compañero habÃa acabado de hablar. Cuando le entregué la petición a la mujer que me habÃa atendido inicialmente, ésta le preguntó a su compañero de al lado, que acabó por tomar el papel y hacerse cargo.
-Eso hay que preguntárselo a Beatriz.
-¿A Beatriz?
Se levantó amablemente y me la señaló.
-Buenos dias, ¿es usted Beatriz?
-No, mi compañera de al lado.
Estaba hablando por teléfono, asà que me senté en una silla frente a ella. Cuando acabó le repetà lo que habÃa dicho a la primera persona con la que habÃa hablado.
-Buenos dÃas. Tengo un problema. No he salido en las listas del segundo turno del módulo de libre disposición. No sé si es porque no rellené el formulario, me dijeron que me pasarÃan automáticamente la segundo turno, pero no lo han hecho.
-Eso… ¿Has dejado ya el formulario?
-Me han dicho que en lugar de entregar el formulario, venga a hablar con usted.
-A ver, dime tu DNI.
Le dije mi DNI.
-Tienes que esperar al coordinador. Normalmente viene a esta hora.
-¿Quién es el coordinador? – me señaló una mesa al lado.
A los veinte minutos llegó el coordinador. Se acercó al conserje.
-Pero hombre, ¡tienes que abrirme de verdad! Yo creo que le das sólo a un botón que suena. ¡Priiing! ¡Priiing!
El conserje esbozaba una risita.
Luego charló durante un rato con una de las secretarias sobre algo referente a una operación. Al parecer todo habÃa ido tan bien como cabÃa esperar.
-Buenos dÃas. No he salido en las listas del segundo turno del módulo de libre disposición. No sé si es porque no rellené el formulario, me dijeron que me pasarÃan automáticamente la segundo turno, pero no lo han hecho.
-Eso tienes que preguntárselo a Beatriz. Pásate con ella.
Me volvà a sentar frente a Beatriz, que no habÃa recibido ninguna instrucción, pero ahora parecÃa hallarse en disposición de ayudarme.
-A ver, dime tu DNI.
Le dije mi DNI.
-Ya estás dado de alta. Pero tal vez no salgas en las listas.
-¿Entrego este papel que rellené?
-Si quieres… Pero ya estás dado de alta.
-Gracias, en el nombre del Máster. – me despedÃ.
Antes de salir le observé que al coordinador.Beatriz se habÃa acercado para decirle que ella se hacÃa cargo del teléfono. Al parecer habÃa mucha más gente que sà habÃa rellenado el formulario de elección de turno. Pero tenÃan el mismo problema.
-¿Y podrÃa decirme en qué aula tengo clase, ahora que sé que soy del grupo tres?
-Eso en Internet.- me respondió con ganas de despacharme.
-Claro.
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Memorias del máster – Conociendo al tutor
Quedamos con él en la biblioteca y llegó a las diez y cuarto, hora que él mismo nos habÃa indicado. En la puerta habÃa un cartel muy decorativo que rezaba: “Biblioteca. Library. Bibliothéque”. Odié no tener un permanente a mano para corregir el acento agudo en la palabra en francés, que debiera haber sido grave. Procedió a describirnos con máximo detalle su horario lectivo, haciendo hincapié en los grupos a los que les impartÃa clase y en si estos eran más numerosos o menos. Nos contó cómo habÃa sido su experiencia laboral desde que trabajara como personal administrativo de Telefónica, hasta que fue profesor en distintos pueblos de la provincia Granadina. Estudió traductores y no necesitó opositar para acabar ejerciendo la docencia. También nos informó respecto al salario que percibÃa en cada etapa profesional, pues le habÃan dicho que era un dato que resultaba del interés de los profesores en prácticas.
El profesor parecÃa afable y nos aclaró que no querÃa putearnos. Con lo cual no nos iba a dar los grupos más conflictivos. Examinaba a cada grupo dos veces por mes y no querÃa que viniésemos los dÃas que hubiera evaluación. Luego sacó unas fotocopias en blanco y negro con la cara de sus alumnos y el nombre inscrito al pie de cada una.
-Esto es un buen colegio… No como los que hay en Almanjáyar, que están lleno de gitanos…
-Les pongo motes a mis alumnos. Por ejemplo este se llama Villa de apellido y le he puesto de nombre Pancho. Además también es gordito… A veces incluso les pido que me pongan el mote al lado de su nombre en el examen, para que asà sepan quienes son. A Pancho le gusta tanto su mote, que el otro dÃa fuimos al teatro cogió el micrófono para hablar y dijo que se llamaba Pancho… A este lo llamo Piru, por Piruleta. Pero esto de los motes no lo digáis en vuestra memoria, porque como la tengo que leer primero, tacharé lo que no me guste.
-Bueno… Y este grupo… Es la escoria del instituto.
-¿A qué se refiere con eso? – pregunté. -¿Son violentos, lo insultan…?
-No, no… Estos es que no quieren hacer nada. Algunas están pintándose las uñas en clase… Y además, no me puedo meter entre ellos por la disposición que tiene el aula… Ya lo he dejado, por no hacerme polvo la garganta.
Más tarde nos preguntó qué grupos elegirÃamos. Tanto mi compañera como yo, querÃamos conocerlos a todos.
-¡Me extraña! ¡Es la primera vez que me pasa! Normalmente todos eligen a los buenos… – repuso el profesor.
-En realidad es que si ahora vamos a enfrentarnos a unos corderitos… Y luego nos van a mandar a Almanjáyar, ¡creo que merece la pena conocerlos a todos! – y es que no habÃa nada como usar las palabras de tu interlocutor, para que este estuviera de acuerdo contigo.
Respecto al uso de las TécnologÃas de Información y Comunicación (materia sobre la que pretendÃa hacer mi Trabajo Fin de Máster); no tuve demasiada suerte. Me confesó que “no le gustaba la informática”. Y que “los alumnos tendÃan a distraerse con el ordenador.” Me pareció curioso especialmente, porque aquél era un centro TIC.
Sospechaba que acabarÃa eligiendo al grupo de los más vándalos. De los que no querÃan hacer nada… De los que odiaban aprender… ¡Me recordaban tanto a mà cuando tenÃa su edad! Y como alguien dijo una vez: “son los desobedientes quienes hacen avanzar al mundo.”
Luego pasó a enseñarnos el instituto. Era mucho más grande de lo que parecÃa desde fuera. El resto de los profesores no parecÃan profesar mucha simpatÃa por los que hacÃamos prácticas. Sólo nos presentó a la profesora de inglés, que nos saludó con cara de póquer, diciendo su nombre sin estrecharnos la mano. Otra profesora que querÃa usar la taquilla, pidió a mi compañera que se apartara. Nuestro tutor nos confesó que era tÃmido y al principio le daba vergüenza dar clase; lo cual era creÃble, porque se le trababa la voz frecuentemente. Por suerte para él, comenzó con grupos pequeños. ¡Vaya! ¡Él no necesitó ningún máster! Hasta hace dos años nadie lo habÃa necesitado… ¿Cómo era posible que osaran decir que nosotros sÃ?
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Plagio inteligente o división del trabajo no creativo
Cuando nos pidieron que compráramos cierto libro, decidà sacarlo prestado de la biblioteca y escanearlo página a página. Posteriormente efectué un reconocimiento óptico de caracteres, obteniendo como resultado un archivo compatible con mi lector de libros electrónico. No sólo me habÃa ahorrado casi veinte euros, sino que habÃa logrado tener un archivo digital (y por tanto, más fácil de transportar y de consultar en cualquier parte del mundo) del que habÃa hecho copias de seguridad redundantes.  Para mayor justificación, el autor nos habÃa dicho que no obtenÃa ningún beneficio con su venta y que fue la propia Univeresidad de Granada la encargada de editarlo con fondos públicos.
PodÃa enviarlo a cuantas personas me lo solicitaran y todos guardarÃamos una copia del mismo, asà que decidà compartirlo con aquellos que también lo necesitaban. No me costaba ningún trabajo hacerlo ni me perjudicaba en ninguna medida; y por el contrario, hacÃa un gran bien al resto de quienes se hallaban en mi situación. A mi modo de ver las cosas si hacer un favor cuesta tan poco, no hay mayor necedad que no practicar una gratuita labor de altruismo. ¿Para qué querÃa que los demás se pasaran tres horas de su tiempo escaneando o pagaran por una antiecológica versión en papel, incómoda de transportar y que no facilitaba el tratamiento de la información que la obra contenÃa? Read more…
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Cuestionario de satisfacción
No sé de dónde habÃan salido. Me contaron que eran alumnos de estadÃstica a los que les daban créditos de libre configuración, que tal vez fueran becarios o que simplemente lo hacÃan por adular a alguien. TenÃan pinta de estar en sus primeros años de carrera, conque me inclinaba por la primera opción. Nos repartÃan hojas de cuestionarios que rellenarÃamos anónimamente para indicar nuestro grado de satisfacción acerca de la labor docente del profesorado a cuyas clases asistÃamos. La labor en sà me parecÃa indigna de créditos en el expediente, de dinero público y hasta de atención. Read more…
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La dictadora incomprensiva
El Trabajo Fin de Máster era el colofón de todo un sinfÃn de tareas que estamos obligados a realizar. Para orientarnos en tal odisea nos asignaron un supervisor con el que nos reunÃamos regularmente.
En la primera ocasión que nos reunimos con ella, quise manifestarle mi malestar:
-¡En el máster pagamos por trabajar! Tengo complejo de burro que le da vueltas a una noria. Incluso le he tenido que pedir a mis padres dinero para pagarlo…
Si bien era cierto que todos los profesores que nos impartÃan clase, participaban de lo que di en llamar el crimen del máster, hasta ahora ninguno habÃa sido tan cÃnico como para defenderlo. Por lo cual no podÃa dar crédito a mis oÃdos:
-¡Pues trabaja igual que ella! – dijo señalando a una compañera que daba clases privadas por cuenta propia. Ignoro si la suma astronómica que percibÃa por tal actividad la permitÃa costearse todos los gastos. Seguramente ella al ser un funcionario, vivÃa ajena a la crisis que hacÃa que el sesenta por ciento de la juventud en andalucÃa, no encontrara trabajo. Mi réplica no se hizo esperar:
-¿Y por qué ya que no estamos aprendiendo nada, no nos dan el tÃtulo y ya está?
Luego me enteré que para esa compañera realizar las prácticas fue imposible. Si querÃa realizarlas por la tarde tendrÃa que ir a Motril. No sé qué chanchullo hizo (asà funcionaba el máster, yendo a la Escuela de Posgrados y suplicando comprensión) para poder hacerlas en la Escuela de Idiomas.
En la siguiente reunión le planteé otra pregunta:
-Si por la mañana tenemos cuatro horas de prácticas, (más dos que yo tardaba en ir y venir porque mi centro estaba ubicado en Cerrillo de Maracena); y por la tarde seis de las clases del Módulo de Libre Disposición, ¿cuándo pretenden que hagamos una memoria de veinticinco páginas, un trabajo de fin de máster de sesenta y una programación didáctica de otras tantas?
-¡Claro que tenéis tiempo! ¡Si no tenéis que hacer otra cosa!
-Pues la última vez usted me recomendó que trabajara como mi compañera.
Entonces se rió. No sé si porque era evidente que no habÃa ninguna razón en sus palabras o porque nuestros problemas le eran completamente indiferentes.
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Memorias del Máster – Primer dÃa de prácticas
Hoy me he levantado a las ocho de la mañana, me he duchado y he salido a la calle para acudir a las prácticas del máster. El instituto que me han asignado salÃa en una calle incorrecta en Google Maps. Al final descubrà que está junto al Cerrillo de Maracena, con lo cual he tardado una hora y cuarto en llegar. Mañana espero tardar sólo una, ya que conozco el emplazamiento del instituto.
HabÃamos quedado con nuestro tutor a las once y cuarto, pero como no venÃa una amable conserje fue a buscarlo. Se habÃa olvidado de que los del “CAP” (¡ojalá fuéramos del CAP!) tenÃamos una cita con él. Asà que salió de una sala en la que examinaba a sus alumnos y nos dijo:”¿Vosotros sois los del CAP, no? Me habÃa olvidado de vosotros porque hoy tenÃamos examen…”
Luego añadió: “Mañana venid a las diez y cuarto.” Y casi cuándo se iba a ir se volvió hacia nosotros, como si hubiera olvidado algo:
“Ah, me llamo Chema. ¿Y vosotros?”
Me compré un bocadillo de jamón con tomate y una bebida energética en la cafeterÃa, porque no habÃa tenido tiempo de desayunar. Hubiera preferido una raya en vez de la bebida (nunca tomé cocaÃna, pero está visto que es lo que esperan que hagamos para poder rendir tanto como nos exigen) y un kebap en vez de el bocadillo. Lo cierto es que en el máster, las cosas nunca salen como uno espera.
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El dÃa que robé un lápiz de memoria
Caminaba por Calle Elvira como cada dÃa antes de ir a las clases de la maestrÃa. A cada paso que daba me acercaba más al Gran Circo Ibérico, en el que pasarÃamos cinco horas de nuestro tiempo sentados frente a un ordenador, mientras una voz incesante nos martilleaba los oÃdos.
Junto a mà caminaban muchas más personas en fila, no pudiendo hacerlo de otra forma a causa de lo mucho que se estrechaba la acera. España era como el Máster (Obligatorio) para Profesorado de Secundaria: leyes absurdas, administración penosa y resignados ciudadanos apáticos que no hacÃan nada contra el origen de todos sus males. Oà que un mostrenco desarrapado decÃa a su perro: “¡No me mires con cara de hambre!” Read more…
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Innovación y desarrollo
El Máster de Secundaria para profesorado estaba dividido en un sinfÃn de módulos. El contenido que se impartÃa en los mismos generalmente tenÃa que ver poco con sus nombres. Para llevar a cabo la tarea, una larga lista de profesores de prestaban voluntarios. Asà dividÃan el trabajo. No era extraño que en una misma semana tuviéramos a tres o cuatro para impartir únicamente dos asignaturas. El contenido dependÃa casi en exclusiva de quién fuera el encargado. Me fue imposible sonsacarles más al respecto, pero una vez una me confesó que con los créditos europeos se tenÃa también en cuenta el trabajo en casa. Asà pues, la ventaja para ellos era evidente.
Durante cinco clases de dos horas y media, tuvimos a un solo profesor. Nos daba la primera parte de un módulo titulado “Innovación y Desarrollo” en un aula que carecÃa completamente de dotación informática, salvo por el ordenador que el mismo profesor utilizaba y un proyector. Los utilizó para ponernos presentaciones durante muchos dÃas. Nos entregaron un archivo PDF (¿por qué no usan formatos libres para este tipo de cosas?) con tropecientas mil páginas, explicándonoslo todo.
Los asistentes sabÃamos que se trataba de un trámite. Pronto llegarÃa otro profesor que nos mandarÃa una tarea totalmente distinta y para la que no necesitarÃamos un sinfÃn de conocimientos, que tampoco eran útiles por sà solos. Ignoro si hubo una sola persona que atendió. Por mi parte me puse el último para que mientras el profesor hacÃa su monólogo, al menos pudiera hacer algo productivo como leer un libro de Pérez Reverte. No existÃa la más mÃnima interacción entre nosotros y él; salvo cuando el murmullo se alzaba demasiado y debÃa chistarnos. Entonces decÃa cosas como: “¡Un poco de silencio, por favor! Que a mà tampoco me gusta estar aquÃ…”
Si con los tres primeros módulos ya tenÃa claro que dotarnos del material y estudiárnoslo por nuestra cuenta, hubiera sido una mucho más eficaz, ahora se habÃa convertido en algo claro y patente. Tanto, como que el Máster para profesorado de Secundaria en sà mismo, era un atropello. Nos habÃamos acabado las carreras siguiendo el mismo plan que hace dos años. Pero hace dos años no existÃa el máster propiamente dicho; sino otra pantomima llamada CAP cuyas principales ventajas respecto al máster eran su mucha más corta duración (dos o tres meses); y que se tratara de un proceso de aprendizaje eminentemente práctico.
No faltaban las voces que clamaban la necesariedad de realizar el máster. Incluso entre los alumnos aduladores que asà lo manifestaban frente a los profesores. Cuanto más alto cargo ocupaban quienes nos daban clase, más se incrementaban sus ansias de estar a bien con ellos. No en vano, se sabÃan futuros opositores y no les convenÃa renunciar a ninguna de las ayudas que pudieran brindarles.
-¡Pero si no sabemos dar clase! ¿Tendrán que enseñarnos?
Ese era el problema. El fin de la enseñanza misma era formar personas autodidactas que se convirtieran en los propios gestores de su educación; que habrÃa de prolongarse durante toda su vida, ya que pretendÃan dedicarse a la docencia. Sin embargo eran como esclavos que ya no sabÃan vivir sin un patrón. O como animales enjaulados que temÃan morir de hambre en cuanto se tuvieran que ocupar ellos mismos de su alimentación.
Aun asÃ, serÃa injusto meter a todo el personal docente que tuvimos durante el Máster de secundaria en el mismo saco. No todos eran malos ya que algunos eran nefastos y otros simplemente, daban lo máximo de sà para conferirle algo de sentido a un hecho que no lo tenÃa: si un individuo con un tÃtulo universitario es incapaz de formarse por sà mismo, no merece encargarse de la formación de ninguna otra persona.
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