Puertas
Me había propuesto como principio de salvación, no momentáneo sino a largo plazo, no evitar la melancolía ni sus diferentes estados. No me gustan los fantasmas ni los tabús, ya tengo los que llegaron antes de que empezara a tener una mayor consciencia de mis actos y mis miedos. Contra esos, me atacaría en otro tiempo de mi vida, resolviéndolos poco a poco. Pero para los que se veía tocar a la puerta, aplicaría una terapia a lo gringo, conductismo, afrontar los miedos en plena acción. Sin embargo, no pretendía de ninguna manera que la escuela estadounidense me salvara de una tristeza profunda. Misósofos pensaba que era un holgazán que se comía la cabeza por poca cosa.
Sólo esperaba que el abrir la puerta a todas las sensaciones, para cuestionar su fuente y razones, evitaría que cosas tan sencillas como escuchar música de una vida pasada me resultara tan doloroso como para hundirme en una melancolía más profunda, a causa de haber dejado que se llenen de polvo, idealizando a mi antigua pareja, cuando, en sus propias palabras, era lo contrario lo que acababa de hacer: “desidealizarla”. Había que seguir derecho, la situación era evidentemente ambigua y un fantasma se aproximaba. Había que luchar para que se volviera persona.
Durante varios meses llevé bien ese juego de tratar de enfrentarme a los objetos, de abrir puertas de roperos, cierres de maletas, nudos de bolsas, letras de canciones. Es sobretodo la música la que me parece que es aquello con lo que se debe tener especial cuidado, si se quiere volver a escuchar lo que a uno le gusta, por la música misma, y que mantenga su esencia original, al menos lo más posible. Pero lo que iba funcionando bien, terminó en una inercia hacia una piscina oscura donde comenzaba a perder la batalla.
Comprendo que algunos de mis amigos no entiendan que no haya terminado de resolver algo que ellos hubieran resuelto desde hace tiempo, de una manera distinta a la mía. No hay dos situaciones iguales ni métodos infalibles, para nada, apenas aproximaciones. Sólo me quedaba seguir el método que me había propuesto, enmendándolo con algunos consejos recibidos.
Puertas. En mi casa de ahora siempre se azotan la puertas. Misósofos cierra la suya con llave. Le gusta. Su padre era cerrajero y otras cosas más. Mateo duerme con la puerta abierta. Yo no puedo. Kenji lo hace cuando llega muy borracho, pero apenas la deja entreabierta. En verano las puertas de la terraza están siempre abiertas. En invierno la del baño también. Por eso se azotan las puertas, basta que alguien abra una ventana para que se haga una corriente de aire.
En casa de mi padre, la primera que construyó, no había puertas en el interior, sólo umbrales. A mi padre le gusta construir casas y cosas. Pero siempre tarda con las puertas. En la primera casa ni siquiera recuerdo cuántos años tardó. Cuando las hubo, nunca les puso cerradura. Se atrancaban con un trapo. Seguro que eso no pasaba en casa de Misósofos. Tampoco en la de mi madre. Read more…
Dans la gueule du loup ou « sous le nez »
Je ne pose pas des questions, lui ai-je dit. C’est alors que j’ai vu naître en elle quelque chose qui ressemblait à de la curiosité. Elle se demandait peut-être pourquoi je répondais avec cette phrase. Je crois qu’elle ne s’y attendait pas. Elle croyait probablement que j’allais partir en courant quand elle m’a dit « j’ai un copain ».
J’avais de l’expérience là-dessus. Entre les situations personnelles et celles entendues chez des amis, j’avais un bon bagage pour savoir que cette phrase pouvait dire plein de choses :
-
J’aime mon copain, je ne veux pas le tromper.
-
Tu me plais, mais je ne suis pas sûre de vouloir tromper mon copain tout de suite.
-
Tu ne me plais pas, c’est la meilleur excuse.
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Tu vas trop vite, tu me plais, mais quand même, pas au deuxième jour, je suis fais en verre, la vitesse me casse.
-
C’est vrai, mais j’aime avoir l’attention d’autres hommes, comme toi.
Il n’existe de bon ni du mauvais côté, seul l’arrangement qui convient aux propres besoins relationnels. Je venais de sortir d’un concubinage de six ans et je ne cherchais pas l’amour, à peine un peu, mais d’un autre genre.
J’ai eu le temps de réfléchir et j’ai décidé de laisser les choses prendre leur cours. Elle m’a contacté dès le lendemain pour savoir si on pouvait se voir le jour d’après. Je ne pouvais pas et on ne s’est vu que le mercredi, quand je l’ai emmené à Clichy-sous-bois, dans une cité où je travaille. Elle s’endormait de partout, sur mon épaule, sur les sièges, dans le bus, dans le métro. Elle était fatiguée et on n’a pas eu le temps de manger. C’était marrant. Read more…
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El día que me pagaron la miseria que me debían
Mientras caminábamos a veces le tocaba el culo y otras la cogía de la cintura. Cuando veía barcos que cruzaban el Sena u olía la comida de los restaurantes, notaba que quería cosas que yo no podía darle. Me había quedado completamente sin blanca y lo cierto es que era aburrido pasear sin más. Por eso prefería quedarme en casa la mayor parte de las veces. Read more…
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Relato de un manifestante
No hay pan para tanto chorizo fue la consigna que mejor nos representaba a mi modo de ver. Era un muy lógico punto en común. El 15 de mayo fue la fecha elegida para gritarla. No me importaba de dónde proviniera la iniciativa, pero tenía claro que había que hacer algo. La corrupción de la casta política era inconmensurable. Lo que comenzó como una manifestación acabó desembocando en muchas concentraciones, casi tantas como ciudades tiene España y todavía se siguen uniendo. Al principio yo mismo era escéptico. Pensé que todo se iba a quedar en hacer un rato de jaleo, volvernos a nuestras casas y ya está. Algunos acusaron a los manifestantes de ser una panda de jipis. O unos punquis. Circulaba una foto al pie de la cual se podía leer: “Democracia Real Ya.” Y mostraba a cuatro palomas, con unos jóvenes con cara de fatigados, un perro que era tan callejero como ellos y las chicas tenían el cabello medio rapado.
Rebelarse contra esta sociedad, era algo que comprendía. No en vano, había llevado en vano, ciertas reivindicaciones individuales. Una pequeña parte de ellas, eran compartidas por mucha más gente. O al menos eso me parecía. Nos habíamos dado cuenta de que lo que queríamos era no estar sometidos a los mercados, que eran capaces de comprar a los políticos. Una gran parte de los manifestantes exhibía pancartas en las que pedían no dar el voto para el PP ni para el PSOE. La otra generación nini: ni PP, ni PSOE. Algunos también agregaban la ley Sinde al lote, y recordaban añadir CiU al punto de mira del manifiesto.
Faltaría más. Se trataba de una ley en contra de Internet, cuando Internet había demostrado que se podían compartir las ideas libremente entre nosotors. Podían comprar a los periodistas, a los políticos, a las cadenas televisivas. Algunos ni siquiera se escandalizaban porque hubiera medios de comunicación descaradamente afines a un partido. ¿Qué será de la democracia, si tan siquiera hacemos algo en las elecciones? Read more…
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Los nuevos “botones de reacción”
La Misobitácora estrena nuevos botones de reacción. He eliminado la anterior lista de “reacciones”, para añadir unas nuevas. Las distintas reacciones, son los botones que hay debajo de : ¿Qué te ha parecido? Al pie de cada entrada.
Antes la lista en la lista estaban: Increíble, Interesante, Normal, Asqueroso, Idiota… No sé si me dejo alguna. En cualquier caso, era demasiado desmoralizante para mí soportar eso. Cuando alguien ponía “increíble”, no sabía qué quería decir: ¿es increíble que alguien pueda escribir esto? ¿no puedo creer que exista semejante truño?
Si alguien hacía clic sobre “interesante”, me preguntaba si significaba que había escrito algo parecido al titular de un periódico. O si le había causado una turbación semejante a agacharse a recoger una moneda de otro país. ¡Interesante!
Me caían mucho mejor los que decían que el artículo es asqueroso. Al fin y al cabo el asco a partir de la lectura, es la forma más higiénica de asquearse. Además lo prepara a uno para la vida. Así que he dejado la palabra asqueroso.
He añadido el botón “vomitivo”, por la sencilla razón de que es la palabra que juzgo que mejor desempeña la función de adjetivo superlativo de “asqueroso”.
El botón “no está mal” es uno de mis favoritos. Cada clic sobre él lo interpretaré como: creo poder hacerlo mejor que tú, pero me jode que tú lo hayas hecho y yo no.
“Dedícate a otra cosa” es sin duda, el botón sobre el que ojalá todo el mundo hiciera clic. Eso me animaría a seguir al pie del cañón mientras viva, sólo por llevar la contraria. Por otra parte, lo considero un grado superior al está mal, y denota un: ¡cómo se te ocurre escribir eso! ¡Ojalá se me hubiera ocurrido a mí!
El botón “subnormal”, está para lo que se indica. Los subnormales harán clic sobre él, y me llamarán a mí lo que son ellos, proyectando sus complejos. Probablemente no hayan comprendido lo que han leído, pero puede que se hayan sentido ofendidos por unas palabras aisladas que no han acertado a descifrar.
La palabra “gilipollas” tiene también adjudicado su botón, para ayudar a la creación de una cultura panhispánica. Próximamente lo cambiaré por “pendejo” y de ese modo haré que asocien los botones por su significado y posición. Claro está, cuento con recibir millones de visitas algún día.
Cada clic sobre la palabra “mediocre” me ocasionará el mayor de los placeres. Prefiero no desvelar cómo interpreto cada clic sobre ella.
Por si alguien todavía no lo ha entendido: soy inmune a las críticas. Con lo cual no voy a responder a cada comentario ni a cada correo que me llegue, simplemente criticando sin ningún tipo de argumentación. Sólo intento darle a mi tiempo el valor que se merece.
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¿Por qué la palabra?
Me parece tan claro ahora por qué no las imágenes, la música, el baile o la actuación. La plasticidad de las palabras es un velo de subjetividad que a veces juega con la parte un poco más unívoca, la parte social, y aquello que es más escurridizo, los sentimientos, por ejemplo. Cuando se pinta la tristeza, cuando se le pone en escena, cuando es esbozada con notas, es otra, la materia del mensaje. Cuando se dice « tristeza », el que lee se relaciona con él mismo, con su historia. Hay tantas tristezas como hombres sobre la Tierra. Y la frase donde se nombre aquel sentimiento, tejerá el hilo del sentido de manera única. Podemos estar de acuerdo en que un trazo es rojo, mucho más de lo que podemos asegurar, frente a un interlocutor deseoso de entrar en la carne de un tema, que la melancolía o el júbilo son tal o cual cosa. A pesar de ello, nos entenderemos.
No es una discriminación hacia otras artes, es una confidencia, una certidumbre nueva que se plantó ante mí, y que me aclara la elección no de un oficio, sino de un modus vivendi, para hacer frente a la única realidad que me tocará vivir.
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Adivinanza, acertajón
Doy descanso y tormento
Al bueno y al desleal
Y hasta el hombre más principal
Quiere en mí dejar su aliento
Y su vida natural
Esta adivinanza o acertajón, como mi abuela la llamaba (ella fue quien me la enseñó), marcó mi infancia.
Al imaginar que por aquel tiempo la respuesta no se me pasaba por la cabeza, me doy cuenta de lo feliz que es un niño que aún no se preocupa por el destino.
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Desgranando los dientes
Tengo los dientes podridos,
un agujero en una muela,
grietas en otras,
por donde entra en agua,
el frío y una electricidad con aguijón o rayo
que quema en seco,
hasta el pie,
la cadera,
el puño,
los ojos.
El dolor es el retrato del olvido
y el desdén
por mi cuerpo;
pequeñas ganas de morir
o de una muerta chiquita;
da igual, mueren mis dientes en sus tumbas
de tantos consultarios dentales,
escarbando (me), desgranando
la mazorca de la boca,
pedazos de cuerpo
fuera, afuera, si fuera:
como si un brazo,
la vesícula
o un pulmón,
yacieran inertertes sobre una bandeja de aluminio
oxidándose, coagulando la sangre
hasta la putrefacción
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El máster de Bolonia
Después de ver esto, me queda claro que desgraciadamente, no soy más que víctima de una barrabasada. Y aunque no sea el único, ¿para qué mentir? Soy quien más me preocupa.
Aunque si nos paramos a considerar la cuestión con mayor detenimiento, ¿no será ese mismo egoísmo el que nos tiene así? Si bien nunca fue mal momento para protestar, ahora parece haberse convertido en una obligación moral.
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El homo stultus contra el homo habilis
Casi podía visualizarnos. Nosotros éramos dos monos, y ninguno era el más listo de la manada. Pero yo había comenzado a intentar tallar una piedra y a él no le pareció lo correcto.
Imagínense tres bicicletas a la disposición pública, una e las cuales está pinchada. Alguien experimentado en parcheo de cámaras de aire, decide arreglarla para poder usarla en ese momento y dejarla luego arreglada para el disfrute del resto de sus conciudadanos.
El homo stultus me observaba en silencio, mientras apretaba los puños y se hinchaba aún más. Había pasado su vida yendo al gimnasio. Soñaba con ser policía. Su alto concepto de la justicia lo movilizaba contra toda acción que pudiera perjudicarlo.
Reparé en un ordenador libre, cual homo habilis que nunca sabe cómo hacer frente a un homosapiens de saltarse las colas. Tenía un programa que exigía el pago para poder utilizar aquel puesto. Al parecer había habido un cambio en la academia de Inglés ESE, y el cambio estaba encaminado a permitir a los impacientes conectarse a cambio de aumentar sus ingresos. Todos ganaban…
Pero nadie quería pagar. Sobre todo porque en aquella sala atestada de ordenadores sólo había dos con el programa y no estaban las cosas como para ir dilapidando dinero que podría ser gastado en alcohol. Funcionaban con windows xp: ¿Y si probaba a hacer algo tan sencillo como pulsar f8 e iniciarlo en modo a prueba de fallos con red? Era algo que todo el que había usado windows xp durante años sabía: f8 después de la BIOS y antes de que salga el logo… Failsafe mode with network (¡que para eso estudiábamos inglés!) ¡Eureka! Ya tenía mi piedra tallada. Esperaba que algún otro no tuviera la idea de copiarme, e intuí que no era el único que utilizaba el truquito para saltarse la cola.
Mi intención era comprobar el correo electrónico, pero el homo stultus me la tenía jurada desde que comprendió que estaba usurpándole un puesto que por jurisprudencia le pertenecía.
-¡Pero cómo coges el ordenador, con toda la gente que hacemos fila!
Lo dijo en voz alta, para que todos lo oyeran y contemplaran su heroicidad. Yo, que estaba de espaldas, me di media vuelta, porque esperaba que cuando le adujera mis razones, me dejara comprobar el correo electrónico durante un minuto, en premio por la talla de la piedra. Luego podrían utilizarlo ellos. Incluso se me ocurrió el ejemplo de las bicicletas. Lo que ocurrió es que no me fue posible derivar la conversación por aquellos derroteros.
-Es que el conocimiento, también es importante.-
-También es importante, ¿no?- dijo, seguramente para darse tiempo de pensar una respuesta.
-Pero es que tú no eres el técnico aquí, ¿o sí eres el técnico?
-No.- Respuesta breve y simple, para ver si lo dejaba terminar con su queja y me dejaba de imponer la razón del que ha paga el abono mensual del gimnasio, para que yo pudiera así exponerle los hechos.
-¡Pues te pones y haces cola con los demás! ¡Te pones y haces cola!- Aumentó aún más el tono de la voz, así que me dije que la única dialéctica que entendería sería una patada en los cojones, y que igual yo no era tan bueno en la retórica como para propinársela antes de que él me hubiera asestado un puñetazo en algún sitio poco conveniente, o me citara a salir a la calle mientras yo me preguntaba por qué había arreglado un ordenador en vez de tallarme una piedra para golpearlo con ella. ¡Mierda de habilidades modernas!
-Pues entonces lo apago y lo dejo como estaba.- ¡Bien, había encontrado una respuesta que me permitía salvar algo de orgullo en lugar de tener que confiar en pegarle primero, o en coger distancia y rezar para que no fuera rápido.
Se detuvo durante cinco segundos, como si de pronto hubiera comprendido todo lo que le hubiera aducido.
En tono más bajo añadió: -Bueno, pues lo apagas y haces cola con los demás.-
Lo apagué y se fue hacia otro ordenador. Ya estaba libre. Probablemente aquella enorme cola era subjetiva, o puede que algún par de ordenadores se hubieran quedado libres mientras él trataba de coger mi bicicleta, desdeñando el hecho de que estaría pinchada de no ser por mi parche. La gente de alrededor a decir verdad no estaba demasiado atenta. Unos chateaban a través del portal Tuenti (¡maldita red social de españoles analfabetos informáticos!) y otros mandaban correos a sus países. Tampoco éramos todos españoles: había gente italiana, que lo miraba pensando que comprendía mucho más de lo que en realidad comprendía. Un par de turcos que dejaron de entenderse por sus webcams, para que sus padres oyeran de fondo un idioma extranjero que les recordaba a los guerreros agitando sus sables sobre un camello. ¿Por qué narices habría deducido que hablaba español? ¿El también era de esos que habían recibido una beca de inglés del estado español, para ni siquiera hacer el esfuerzo de pronunciar algo más largo que un par de palabras?
De pronto María la valenciana que andaba por allí, y que había observado nuestra discusión sin entender tampoco nada, me preguntó: -¿Pero qué te ha pasado con ése?-
Aproveché que por fin había pillado un ordenador: -¡Pues porque es un GILIPOLLAS!- dije un par de veces, con miedo a perturbar a los de las webcams con una palabra española tan internacionalmente conocida, o a que los italianos asintieran, reafirmándose en su condición de hispanoparlantes pasivos e incluso activos si había españolas de por medio. También cómo no, volviendo la vista hacia el homo stultus, por si le daba por levantarse y pillarme por la espalda de nuevo.
Entonces observé los pechos de María, de refilón, como el que no quiere la cosa. ¿Por qué no podía evitar hacer aquello? En ese caso no se hacían distinciones entre todos los homínidos. Algo nos inducía a parar la vista en ellos y yo no iba a ser menos.
-Luego te lo cuento- me despedí en voz baja, mientras salía a la puerta para que el orangután de los glúteos definidos no me viera hacer cola. Al fin y al cabo, un correo electrónico de más o de menos, no merecía dar un mal fin a aquellas vacaciones en las que hablé inglés hasta quedarme afónico por culpa del aire acondicionado.