La balance de pointe et un médecin sodomite
Le médecin me disait avec une certaine fierté que la balance était un équipement de pointe, en même temps qu’il m’incitait avec ses mains à monter, comme en disant « allez-y, vérifiez-le de vous même ». Je n’ai eu d’objection, j’étais quelque peu mal à l’aise. Non pas à cause de ce qu’il me disait mais parce que je savais que j’avais poussé ce rendez-vous avec moi même pendant des années. Du moins de mon propre gré. Dans les quatre ans et quelque que j’avais été là, je n’étais jamais allé chez ceux qui ont fait le serment d’Hippocrate.
Malgré les capacités de l’appareil, j’ai trouvé qu’on y avait du mal à monter. D’autre part je m’attendais à un écran numérique, mais je me suis trouvé devant une vieille aiguille que, de mon point de vue, ne faisait que peser. Je ne voyais pas la technologie « de pointe ».
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Restez debout, monsieur, sinon l’appareil ne peut pas faire son travail.
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J’essaie, mais il est trop près du mur et je pars ver l’arrière. Ça fait partie du truc ?
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Non, ça c’est parce que c’est un objet fragile et si je le mets ailleurs dans mon cabinet, je risque de lui donner un coup de pied et de l’abîmer. Essayez sur une jambe.
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Comme ça ?
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Parfait. Vous arrivez à voir le chiffre ? J’ai mal au dos et je ne peux pas me pencher.
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Si je baisse la tête, je tombe.
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Non avons un souci alors. Descendez, je vais appeler mon secrétaire.
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Visitando el Louvre con un guía chilango
Estábamos en la sala que se prolonga de manera perpendicular a aquel famoso recinto donde se encuentra la Joconda. Nos detuvimos frente a un cuadro cuyo pintor no recuerdo, pero cuyo nombre es el rapto de las Sabinas. No pude evitar pensar en mi clase de cultura latina y me permití interpretar lo que Tito-Livio me contó:
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Pues resulta, comentaba un par de amigas colombianas y otro francés de origen argelino, que para hacer la historia corta, les faltaban viejas y decidieron armarse un plan para traerlas al huerto, o a Roma que no era tan grande entonces y seguramente todavía tenía huertos. No había suficientes féminas para hacer hijos que reemplazaran con los años a todos los que morían en la guerra. No había de otra porque no estaba entre las posibilidades el dejar de ser un pueblo guerrero. Eran los romanos todavía etruscos, es decir, rústicos y salvajones, sin arte, pero con una experiencia en chingar a los demás que devendría lo que ya sabemos y que acabó por lo que también sabemos, eran una bola de viciosos que acabaron por echar todo por la ventana, por golosos.
Pero estoy alejando del tema, la cuestión es que engañaron a los Sabinos, les dijeron, vengan, vengan, se la van a pasar poca madre, les vamos a dar la nacionalidad y todo, un alojamiento del estado, comida y trabajo. Eso equivaldría ahora a que los Estados Unidos te llamaran a tu casa diciendo “vente, mexicano, te vamos a dar la green card, vamos a darte un departamento en Nueva York y nos vamos a ocupar de tus hijos”. Cualquiera dirá ahora “me están tomando el pelo, chinga tu madre y deja de quitarme el tiempo”. Pero los Sabinos, viendo que era eso o que les partieran la madre dijeron “cámara, ya estás”, y dejaron su ciudad. Bueno, más o menos así. En realidad no fue tan así, en realidad les propusieron casarse y los pinches Sabinos les dijeron “¿Por que no ponen un albergue de mujeres, salen mejores parejas”. Read more…
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Dans la gueule du loup ou « sous le nez »
Je ne pose pas des questions, lui ai-je dit. C’est alors que j’ai vu naître en elle quelque chose qui ressemblait à de la curiosité. Elle se demandait peut-être pourquoi je répondais avec cette phrase. Je crois qu’elle ne s’y attendait pas. Elle croyait probablement que j’allais partir en courant quand elle m’a dit « j’ai un copain ».
J’avais de l’expérience là-dessus. Entre les situations personnelles et celles entendues chez des amis, j’avais un bon bagage pour savoir que cette phrase pouvait dire plein de choses :
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J’aime mon copain, je ne veux pas le tromper.
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Tu me plais, mais je ne suis pas sûre de vouloir tromper mon copain tout de suite.
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Tu ne me plais pas, c’est la meilleur excuse.
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Tu vas trop vite, tu me plais, mais quand même, pas au deuxième jour, je suis fais en verre, la vitesse me casse.
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C’est vrai, mais j’aime avoir l’attention d’autres hommes, comme toi.
Il n’existe de bon ni du mauvais côté, seul l’arrangement qui convient aux propres besoins relationnels. Je venais de sortir d’un concubinage de six ans et je ne cherchais pas l’amour, à peine un peu, mais d’un autre genre.
J’ai eu le temps de réfléchir et j’ai décidé de laisser les choses prendre leur cours. Elle m’a contacté dès le lendemain pour savoir si on pouvait se voir le jour d’après. Je ne pouvais pas et on ne s’est vu que le mercredi, quand je l’ai emmené à Clichy-sous-bois, dans une cité où je travaille. Elle s’endormait de partout, sur mon épaule, sur les sièges, dans le bus, dans le métro. Elle était fatiguée et on n’a pas eu le temps de manger. C’était marrant. Read more…
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Motolov
Mot à effet molotov qui explose en étincelles de sens
Molotov
Motolov
Mot au love
Moto love
Mot au lobe
Mot à l’aube
Mot all off
Motte wolof
Mot ou “oh laugh”
Must love stuff
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Sobre guión/guion y las ganas de protestar
Lo he leído en mil sitios. En algunos, incluso afirmaban: “A partir de hoy, quién escriba guión cometerá una falta de ortografía.”
Veamos qué dice la RAE al respecto en su Diccionario Panhispánico de Dudas:
guion1 o guión. ‘Escrito que sirve de guía’ y ‘signo ortográfico’. La doble grafía, con o sin tilde, responde a las dos formas posibles de articular esta palabra: con diptongo (guion [gión]), caso en que es monosílaba y debe escribirse sin tilde; o con hiato (guión [gi - ón]), caso en que es bisílaba y se tilda por ser aguda acabada en -n. La articulación con diptongo es la normal en amplias zonas de Hispanoamérica, especialmente en México y en el área centroamericana; por el contrario, en otros países americanos, como la Argentina, el Ecuador, Colombia y Venezuela, al igual que en España, esta palabra se articula con hiato y resulta, pues, bisílaba. Debido a esta doble articulación, y con el objetivo de preservar la unidad ortográfica, en la última edición de la Ortografía académica (1999) se establece que toda combinación de vocal cerrada átona y abierta tónica se considere diptongo a efectos de acentuación gráfica. Por ello, en guion y otras palabras en la misma situación, como ion, muon, pion, prion, Ruan, Sion y truhan, se da preferencia a la grafía sin tilde, aunque se permite que aquellos hablantes que pronuncien estas voces en dos sílabas puedan seguir tildándolas (? tilde2, 1.2).
En resumen, que podemos seguir escribiendo guión como queramos. No obstante, para que para todas las variantes del español queden representadas, y atendiendo a criterios de división silábica, hay dos posibles grafías. ¿De verdad es para tanto? A mi entender, están haciendo algo muy positivo con la intención de mantener la unidad del español.
Por otro lado los motivos por los que se da preferencia a la forma sin tilde, son justos y cabales. Y si de lo que se trata es de conceder más peso a una variante del español que a otra: ¿no deberíamos considerar antes que nada el número de hablantes?
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¿Por qué la palabra?
Me parece tan claro ahora por qué no las imágenes, la música, el baile o la actuación. La plasticidad de las palabras es un velo de subjetividad que a veces juega con la parte un poco más unívoca, la parte social, y aquello que es más escurridizo, los sentimientos, por ejemplo. Cuando se pinta la tristeza, cuando se le pone en escena, cuando es esbozada con notas, es otra, la materia del mensaje. Cuando se dice « tristeza », el que lee se relaciona con él mismo, con su historia. Hay tantas tristezas como hombres sobre la Tierra. Y la frase donde se nombre aquel sentimiento, tejerá el hilo del sentido de manera única. Podemos estar de acuerdo en que un trazo es rojo, mucho más de lo que podemos asegurar, frente a un interlocutor deseoso de entrar en la carne de un tema, que la melancolía o el júbilo son tal o cual cosa. A pesar de ello, nos entenderemos.
No es una discriminación hacia otras artes, es una confidencia, una certidumbre nueva que se plantó ante mí, y que me aclara la elección no de un oficio, sino de un modus vivendi, para hacer frente a la única realidad que me tocará vivir.
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El máster de Bolonia
Después de ver esto, me queda claro que desgraciadamente, no soy más que víctima de una barrabasada. Y aunque no sea el único, ¿para qué mentir? Soy quien más me preocupa.
Aunque si nos paramos a considerar la cuestión con mayor detenimiento, ¿no será ese mismo egoísmo el que nos tiene así? Si bien nunca fue mal momento para protestar, ahora parece haberse convertido en una obligación moral.
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Borrarse
Borrarse, diluirse, saltar a un momento sin tiempo. ¿Qué hay detrás de ese deseo? Un olvido, como querer olvidarse de sí mismo, voltearse como una calceta, oreando las entrañas al aire. No hay método.
El estado de trance no sirve para estos fines porque es sobre todo una relación con el cuerpo, que se convierte en una cuerda y vibra hasta la última falange.
Borrarse es más complicado y tampoco hay droga que valga. Hay que desmontar el armazón del ser, con la atención de un niño y la finura de movimientos de un relojero, para esparcir los pedazos y ver qué hay dentro. No es para limpiar la carcasa y las junturas internas, sino para elucubrar una razón para que la vida que uno tiene, sea como es, y no de otra manera.
Borrarse es también dejar de comer o, más precisamente, perder el apetito y sentirse débil apenas; es poner el estómago en la palma de la mano y esperar que algo llegue con el viento para alimentarnos, cual heno, y que, al tocar una pared, la pepsina, si es que no se degrada con el aire, roa la superficie de yeso o concreto y nos permita, no sentirnos fuertes, sino apenas seguir deambulando.
Borrarse es fundir los recuerdos y las sensaciones, confundirlas, confundiéndonos a nosotros mismos: una nalgada propinada en el lugar de la madre, a la propia madre que luce, no como uno mismo, sino como otro niño que, a su vez, pertenece a otro universo temporal, aunque, ¿qué quiere decir esto si todo lo que fue ya está muerto?
Borrarse es mezclar los recuerdos, confundirlos, fundirlos, amasarlos, unirse a esa masa y cocerse en un horno hasta que la última ceniza sea llevada por el viento que dejará correr el panadero de un lugar que, quizás, se habrá visto de paso en algún viaje que no debía ser, pero fue.
Borrarse en mezclar las sensaciones, el amor por tal o cual persona que se creía al otro lado de la envergadura de nuestros brazos, que creían abrazar el amor; es ver actuar las palabras y gestos de alguien a quién se ama, puestos en la boca y cuerpo de alguien que se conoce poco, y descubrir que se ama también a esa persona, tal vez por lo que evoca de otra, pero ¿no es todo el amor una idealización narcisista?
Borrarse es borrar por dentro las barreras, romper los diques que dejaban correr el flujo de la moral, cerrar los ojos y ver cómo lo “verdadero” se desgaja, como el árbol más débil frente a un rayo de morales distintas y convincentes que no se conocían de cerca.
Borrarse es morder tu propia mano hasta que el hueso de la muñeca, más fuerte que la mandíbula, desencaje el maxilar.
Borrarse es deslizarse cuesta abajo por una ciudad cuya pendiente empedrada siempre nos ha gustado, es dejarse rodar hasta que llegue una jauría de perros a roer la carne que la pendiente no hubiera arrancado, y ver a las ratas masticar la parte del cerebro que ha quedado sobre una piedra gris, sin saber -porque ¿qué saben las ratas sino ser desagradables?- que estará comiendo la parte donde de encontraba un recuerdo placentero, así como una acción motriz que no se utilizó durante los años de burócrata o autómata.
Borrarse es olvidarse de sí mismo. Suena sencillo, pero no lo es. Borrarse es ceder a la entropía del mundo sin que sea importante.
Borrarse es fluir, sin dolor, con el río absurdo del mundo de los hombres, y no sufrir por la presencia de esa sinrazón, sino caminar a su lado, al menos por un instante que sea eterno.
Borrarse es como morir, el orgasmo también, es como borrarse. Y si A=B y B=C, entonces, ya saben, se pueden hacer juegos de palabras. Morir es como el orgasmo de un borrador que se viene. El orgasmo es borrarse, sin morir, para que el orgasmeado-moribundo no se borradorice y se muera, sin morir, es decir, después del orgasmo y el borrador, es decir, del “borrarse”, el orgasmeador pasará con la muerte, pero no va a morir, porque la muerte viene por un orgasmo, para borrarse un poco de sus deberes, aunque aseguran -¿quienes lo aseguran?: no lo sé, supongo que los que harán reír a la muerte un día- que para la muerte, el orgasmo está en cada vida que borra, ese es su goce - cuentan.
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Si has llegado hasta aquí, probablemente Dios no existe
Bien, una vez que estás aquí, habrás leído la frase que acuño como lema y notado la bandera bajo la que me sitúo.
Hasta hace poco tenía la certeza de que Dios no existía, pero dado que las visitas de esta página han bajado al diez por ciento, supongo que Dios ya me está enviando sus plagas. ¿Querrá acabar después conmigo?
Por si acaso, prometo que si de aquí a tres meses las visitas aumentan a su antigua cifra, le pondré una vela a nuestro señor Jesucristo, que compraré previamente en la primera tienda de chinos que vea y que posteriormente iré a colocar en el primer altar o en la primera habitación presidada por figura religiosa cristiana. Ni que decir tiene (y espero que Dios entienda que no lo amenazo, sino que sólo lo coacciono un poco) también quitaré la frase de la cabecera.
Lo que me motiva tanto para escribir esto, es ante todo el miedo al altísimo y también en un plano secundario, que pagar por escribir es muy triste.
Si de aquí a tres meses y un día, no he obtenido los resultados esperados, este año participaré en el ramadán y oraré cinco veces al día mirando a un McDonalds en el que no sirvan hamburguesas de cerdo. Espero que Mahoma y Alá entiendan que como no estoy debidamente instruido en la fe musulmana y no sé leer el corán en versión original, no empiece haciéndolo bien todo. Cuando vivía en París conocí a un moro llamado Bassem Trikki que me enseñó algunas cosas chulas del islam, así que tengo que darle una oportunidad. Por poner un ejemplo, me dijo que las mujer que se casara conmigo había de ser virgen; la razón era que en el caso de que no supiera hacer una práctica correcta de las artes amatorias, al menos la agraciada se quedaba sin un punto de referencia. Por otro lado también es cierto que eso de ayunar unos días, aumenta la potencia sexual y que volverme musulmán converso, me abriría un nuevo mercado de mujeres serviciales. Para no seguir apartándonos del objetivo que nos ocupa, baste añadir que yo por mi bitácora hago lo que sea.
A Mahoma le otorgaré seis meses, de los cuales serán de prácticas los tres primeros. Si tampoco me ha solucionado el problema de marras o no ha obrado un milagro (¿habrá de eso en el islam? Había oído algo de que no) como subirme el pagerank a 6, le daré una oportunidad al budismo. De ese sé aún menos. Quizás sea porque en el Collège Néerlandais no había amables señores con una peca en mitad de la frente, ataviados con joviales túnicas naranja mandarina y vertiéndose leche todo el día por lo alto. Pero en cualquier caso prometo a San Buda que beberé sólo leche de cabra o por si las moscas de soja. Y también me iré a construir farmacias a la India; o aprenderé hindi, o veré una película de Indiana Jones. ¿Alguien que me indique una guía de inicio rápida para que no tenga que estudiar mucho?
A Buda le daré nueve meses y espero encontrar alguna otra fuente alternativa de calcio. Quizá si empiezo a comer vaca, sea lo más parecido a beber leche; pues similar a devorar el producto, será engullir a la fuente productora. A los nueve meses y un día me volveré judío. Incluso donaré algo de mi bolsillo a una mezquita y me pondré un sombrerito tapándome la coronilla, que seguramente inventó alguien que tenía problemas de calvicie y así me voy cuidando ya para el futuro. Además leeré torás de esas con sus dos rollos de papel higiénico, estudiaré hebreo y le construiré un becerro de oro a Abrahán, que recuerdo que me contaron que le gustaba en una misa.
Por último, si ninguna de las opciones anteriores da resultado al cabo de un año más… Supongo que no me quedará otra que ponerme una vela al arcángel Google. Prometeré serle fiel siempre. Me encanta su Gmail y prometo instalarme el Google Desktop el día que no me ralentice el cacharro. Y hasta seguiré una lista de mandamientos: Jamás me haré clic en mis propios anuncios Adsense, no realizaré búsquedas en otros motores de la competencia y cuando se me rompa el HTC Magic me compraré otro teléfono móvil que traiga el sistema operativo Android. Además Google Chrome es lo máximo e incluso podríamos declarar vigilia permanente sobre la ya mastodóntica y ralentizada por mil extensiones Morcilla Firefox.
Instalarme Google Picassa me iría muy bien para recordar quién soy y de dónde vengo, al tener organizadas fantásticamente las fotos. Leería todos los días algo que encontrara en Libros Google y hasta me abriría una cuenta en Adworks. Hace mucho que vengo utilizando el sistema de Análisis de Tráfico Web de Google y de vez en cuando, hasta uso el Calendario de Google y el GTalk. Casi todos los días uso el Youtube y alguna vez he pensado en meterme a monje y ver algo en Google Videos, pero lo he descartado porque no me va el celibato. Pensándolo bien, con Google llevo teniendo relación desde hace mucho tiempo. Para más INRI, es el que ha dejado de mandarme gente.
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Sandía sin semillas
Entre estación y estación del metro, vi uno de tantos anuncios que prometen felicidad sin límites, o bien, que promocionan algún evento al cual se debe sin duda asistir. Sin embargo, como es el caso de muchos de estos desplegados de papel, algunos gozan de mayor presupuesto que otros, tanto para su diseño, como para la calidad de sus colores e ingenio de las campañas. Me detuve entonces frente a un gran camaleón que ostentaba, pantagruélico, una gama de colores entre el amarillo, el azul y el rojo.
Me miró, o al menos esa sensación tuve, y me aprestaba a preguntarle “¿qué vendes?”, cuando uno de sus ojos independientes me dirigió hacia tres círculos de borde verdoso con centros amarillo y rojo, y que se encontraban a un costado de él. Volví a mirar al camaleón, y él, pensando quizás que debía ser tonto, hizo saltar un poco su otro ojo para dirigirme hacia las tres o cuatro palabras que figuraban en el cartel además de los círculos antes mencionados. Read more…
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