La aparición del internet como tecnología democrática data de apenas unos años. La Historia dedicará algunas páginas que los párvulos u adolescentes deberán repetir más o menos así: “A finales del siglo XX, la Revolución tecnológica tuvo lugar, diseminándose entre los hogares de la clase media y alta, abriendo las puertas del saber, para quien quisiera acceder a él”.
Los individuos en cuestión, que serán acaso la tercera o cuarta generación de los ahora adultos o niños, memorizarán y vomitarán, como es debido a cualquier examen, y después regresarán a sus casas pensando que aquella perorata no ha tenido sentido, pero que con suerte aprobarán el examen.
Se dirán, tal vez, que aquello no tiene sentido ya que el internet sirve para lo qué sirve.
Lo mismo se dirá la mayoría de la gente que accede a esta nueva y preciosa fuente de información en nuestros días, que es una chorrada pensar en el internet, ya que sirve para lo que sirve.
La pregunta es ¿para qué sirve?
Tamizando el uso comercial y profesional, el internet sirve, en mi opinión, para llenar el ego que, de otra manera, debería permanecer callado en algún rincón inhóspito de los espíritus sigloveintiuneros de la clase media y alta (por llamar de alguna manera a quienes acceden al servicio ofrecido por compañías transnacionales).
Esta función, que me atrevo a poner al nivel de la catarsis, se ha convertido en un foro de transformación ontológica que permite a los seres humanos comenzar, en la mayoría de los casos, por la base de la identidad: el nombre.
Cuántas cosas nos son dichas muchas veces como un lapsus, por parte de nuestros interlocutores, quienes muestran un lado que, en otras circunstancias, no harían, al dar su dirección de correo electrónico: mapacherojo@xmail.com, gorila007@correocaliente.com, perradelsur@correote.xx, etc.
Ejemplos similares han transformado la precaución con respecto a lo que los lingüistas llaman “face”, y que se refiere a la protección que se antepone a un interlocutor en función del estatus que se desea mantener (jerárquico, afectivo, etc).
De esta manera, un doctor a quien respetaba mucho cayó de mi gracia, sin que él lo supiera ni le importara acaso – después de todo, yo no era más que un paciente-, pero cuya naturalidad atestiguaba, ante mis ojos -sin que eso sea realmente importante-, un cambio en la relación jerárquica que la sociedad impone.
Mucha perorata, su seudónimo era priista001@correocaliente.com. Y no son sus convicciones políticas lo que me provocó cierto disgusto, sino el hecho de que, en la estima que sus actos y palabras habían construido en mi, pudiera yo enterarme de que era capaz -siendo lo que yo creía que era-, de tener convicción política alguna.
Supongo que a ciertos agnósticos y ateos les habrá pasado algo similar cuando descubren que alguien a quien creían del mismo bando, se revela feligrés en el fondo. Así es la vida, se dirá, y es cierto. Ya que la búsqueda de indentificaciones se hacía, hasta entonces, de otra manera.
No pretendo, con este ejemplo, atacar a ninguna fe, ya que en realidad me producen la misma sensación que me produce el conflicto entre Corea del Norte y Corea del Sur, es decir, nada.
Lo que trato de ejemplificar, es cómo la nueva relación con la presentación, de lo que antes era una parte escondida y apenas accesible de las personas, se ve envuelta de una falta de experiencia ontológica con esta nueva tecnología y que operó, durante algún tiempo, como lapsus en toda la amplitud del término.
Creo que la cosas han evolucionado, pero no sé en qué dirección. Algunos serán más discretos que antes. Pero la mayoría… Qué les puedo decir que no sepan ya. Entrar a un muro del sitio “libro de caras”, es una de las situaciones que me provocan más pena ajena, y me han llevado incluso a reconsiderar el significado de esta expresión y a tratar de evitarla – sin lograrlo.
¿Para qué sirve entonces el internet?
La estupidez de la gente me tiene sin cuidado hasta el punto donde mi morbo por confirmar hasta dónde se puede ser patético (en su sentido actual y no de análisis literario) el ser humano, me lo permiten. En ese sentido me considero débil, pues la tentación de confirmar mis elucubraciones sobre la vacuidad del ser humano en masa son demasiadas y cotidianas, e incluso llegan, sin saber exactamente cómo, a mi correo.
Pero, aparte de mi neurosis que no interesa a nadie, estoy convencido de que este medio de comunicación, donde el ser está vertido hacia afuera, tiene una función que hace contrapeso a la presión que ejerce sobre el imaginario colectivo la coyuntura social de la época de la masificación que, en una opinión personal, considero aún en pañales.
De esta manera, el poner en el muro la foto con los amigos, aquella con la que se pretendía pasar un mensaje, una imagen que, consciente o inconscientemente, se ha querido transmitir, es una democratización del ego a escala reducida. Esto permite a las personas salir de la pequeñez de su ser para mostrar lo que son (o creen ser, para ser más precisos)y podría asimilarse al llanto, a la risa y al orgasmo.
Poder ser reconocido, y a ese respecto mi cuate Maslow estaría de acuerdo, es acceder a través de este medio (o al menos intentarlo), al nivel del reconocimiento social.
Que en el camino la cosa fracase, es otra cosa. Que el mundo te diga que lo que creías lo más grandioso en ti resulte una basura para alguien más (gracias al cuadro de diálogo de comientarios), es otra cosa. Al menos se puede hacer el intento.
Sin embargo, sería interesante reflexionar acerca de la cuestión de la “libertad” que se ha generado alrededor de este medio de comunicación. Y sin deseos de crear una paranoia colectiva (difícil de crear ya que los gringos son especialistas y han comenzado desde hace tiempo), lanzo la pregunta a todos para saber si alguien me puede iluminar a este respecto. Yo, como todo buen niño que se ha caído muchas veces por intentar cosas arriesgadas, prefiero la cautela.
¿Realmente sabes cuales son los alcances del internet? ¿Realmente se es libre debido al gran flujo de información o nos acercamos, poco a poco, a los sueños orwelianos del “gran hermano”?
Todo aquel que tenga un aporte a este respecto, es bienvenido para una aclaración que quizás apacigüe más de una paranoia.
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Recuerdo que a la caca no la llamaba así, A mi me enseñaron a decir “popó” e ignoro si es un anglicismo del mal, o qué, pero no importa, ahora la caca tiene sinónimos para poder existir como concepto: shit, merde, por citar los más comunes.
La caca es algo extraño, amorfo, pero con una gama de colores. No puedo decir cuándo fui consciente de que cagaba. Podría citar algunos retretes de los diferentes lugares donde he vivido, pero sería incapaz de saber cuál fue la primera cagada consciente que realicé, a partir de la cual, todo sería cagada tras cagada, siempre a solas, en uno de los pocos recobecos de soledad autorizados.
En todo caso he pasado muchas veces por el ritual de zafar el botón y bajar la bragueta para sentarme en un objeto liso y frío para poder vertir lo que otrora fuese comida, en un boquete conectado al drenaje público.
Pienso en cómo sería cagar en el medievo, seguramente acompañado, quizás charlando mientras se vertían los desechos. La cosa cambió en el renacimiento y, de pronto, todos se sintieron apenados, por común acuerdo, por sus horificios. Y desde entonces cagamos solos.
Me viene a la mente un túnel del metro donde, por ir medio dormido al inicio de la madrugada, pisé una mierda y maldije al primer cartel publicitario que encontré, espetando las palabras adecuadas para cuando se ha pisado una cagada. Después, el olor que evité oler pero lo hice, así como la consistencia, difícilmente descriptible con palabras, me dieron la certeza de que era una mierda humana. De tal modo que conozco la mierda mejor de lo que creía, y apenas he visto algunas ajenas olvidadas en algún retrete público.
Las reglas morales de las sociedades contemporaneas (¡qué palabrotas!) van cerrando las persianas de los esfínteres, los orines son indeseables. Es normal, para la buena convivencia. Pero en lo individual, la prohibición de las deyecciones corporales a la vista de todos, es una de las primeras ramas morales que se tejen con el mundo. Pasar del pañal al retrete, es el segundo golpe que se recibe, después de la separación del seno. Cagar donde se debe es comprender que la mierda es la misma, pero que depende del contexto donde se coloque, el grado de comprensión de las normas morales que se tiene, el nivel de compromiso.
Evidentemente hay una carga emocional natural por el aroma fétido de la caca; y es que el cuerpo evolucionó para alejarse de fuentes fétidas, para evitar el envenenamiento o la contaminación por materia en descomposición. Y en la actualidad se ha convertido en un vínculo primero que marca la entrada a grupo social, una primera participación del individuo en el desfile de morales a las que deberá ajustarse para poder ser una persona « aceptable » para los demás.
En lo que respecta a la historia personal, un recuerdo contado por mi madre me coloca hace un cuarto de siglo sobre una cama, donde, entre pañal y pañal, me aventé un cagadón mientras mi madre buscaba el talco, y cogí una buena porción y la embarré sobre mi cabeza. Desde entonces, tengo mierda dentro. Quizás habrá sido ósmosis, porque no creo que la haya comido.
Proximamente: 2 Los mocos o el pintor marrano.
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No había nadie más que yo
Me vi más alto y delgado
Nadie reía
Nadie tenía ordenadores
Eran los nuevos noventa
La cara más larga en un espejo
El cuello como de jirafa
Estaba solo en la atracción
Entrar costó doscientas pesetas
No era como en los dibujos animados
No reí ni lloré
Según el cristal fuera
Cóncavo o convexo
No tenía gracia
Me estreché verticalmente
El del espejo no era yo…
O tal vez sí
No podía saberlo
Me hice simétrico
Concéntrico
Panzón
Quebranté la ubicuidad
Me reduje a la mitad
Rechoncho, jorobado
Hoy sé que aquellos espejos
No asustaban
Porque la imagen
Estaba distorsionada
Cierto es que no era el correo menos yonqui, pero sí era al único al que se podían encomendar las misiones que nadie más quería. Vender quetamina en barrios pijos en épocas de carestía, entrar cargado de una mezcla de MDMA y farlopa (ambos productos previamente adulterados) a la discoteca a causarle un daño cerebral a un tarado… Las caras drogas de diseño también atravesaron su crisis en dos mil doce, cuando cada vez más la marihuana era tolerada y cualquier hijo de vecina se cultivaba un par de macetitas en el balcón. Joe el Cabra tenía diez detenciones a sus espaldas, nueve condenas de varios meses cada una por hurtos menores e imputaciones de delitos contra la salud pública cuyas pruebas físicas no acababan apareciendo más que en muy pequeña parte. Lo vieron conduciendo cerca de las tres mil viviendas, yendo a recoger en una pequeña escúter un encargo de quinientos tripis y algunos gramos de sustancias diversas. Luego se quedaría por allí para venderlo entre las fiestas de pajareo en los aparcamientos públicos de la capital hispalense. El dinero se lo había suministrado el mismo Etarra y quería la inversión más su porcentaje a cambio. Ya lo iban siguiendo a entrar en los aparcamientos de una discoteca. Intentaron tomarle agunas fotografías, pero Joe el cabra siempre hacía os trabajos con capucha y bufanda. Tampoco era de todo un aficionado.
Los planes de Joe el Cabra se truncaron el día que vio aparecer a la policía casi rodeando a unos cuantos coches, dos de los cuales tenían los maleteros abiertos y hacían un gran estruendo. Iban a por él. Habían dado las cinco de la tarde y el número de fiesteros era menor. Sólo los más colocados de anfetamina aguantaban dando brincos y haciendo un último esfuerzo por sentirse bien antes del bajón, besuquearse con alguien del sexo opuesto o andar pidiendo rayitas de coca que a veces obtenían como quién pide papel de fumar. La música era estruendosa pero él los vio. Estaba colocado, aunque no tanto como para no percatarse de aquellos dos todoterrenos de la guardia civil enfocándolos. Cogió su moto y salió corriendo con toda la mercancía. Prácticamente no corría, pero al menos ganaría tiempo hasta que lo cazaran.
Al pasar junto a los agentes dos de ellos sacaron sus porras intentando golpearle en la cabeza y derribarlo. Previendo eso giró más el gas de la moto cuyo escape había sido agujereado y acabó llevándose sólo un gran golpe en la espalda, pero se agachó a tiempo por debajo del manillar para que no lo golpearan. Luego la Guardia Civil empezó a perseguirlo. El ruido de la moto era criminal, seguramente también lo acabarían multando por eso. Estaba claro que lo alcanzarían así que fue tirando la droga conforme pasaba junto a todo el personal que también había salido en desbandada. Era veinticinco de diciembre y gritaba: ¡feliz navidad! Y reía al mismo tiempo a causa de los efectos de una tarta de cannabis que había probado. Realmente estaba siendo un auténtico rey mago con todos aquellos drogadictos lúdicos. Por supuesto cumplieron con su cometido de hacer desaparecer la droga, pero no pudieron evitar que uno de los coches patrulla parara y decomisara un par de pollos de farlopa.
Junto con la resistencia a la autoridad y la conducción temeraria, el asunto le valdrían esperar unos cuantos meses hasta realizar el próximo servicio. La policía archivó el caso como: “El Santa Claus de la cocaína.”
Los creadores dirán que sólo a un pendejo no se le ocurre nada. Yo no les creo, el vacío es una fase obligatoria y, me atrevería a decir, necesaria. Además, supongo que las personas tendrán algo mejor que hacer con su tiempo que andar buscando identificaciones en un muro, ya tendrán suficiente con elegir el color de su reproductor portátil o el grado de alcohol de sus bebidas que se acoplen a su personalidad.
Si has seguido leyendo es que no tienes, como yo, ninguna idea ni nada mejor que hacer y andarás esperando a que algunas palabras yuxtapuestas den sentido a tu vida, por morbo o por desgano, irás viendo el desfile de palabras y maldecirás al autor por la pendejez de su contenido. Hagamos un club, el de los pendejos. No será tarea fácil porque hay tantos y de tantos colores, que quizás será necesario pedir un fideicomiso. Quizás logremos incluso hacer un teletón, aunque será diícil definir a los beneficiarios, porque, si es un evento pro pendejos, todos deberíamos recibir una tajada ya que, ¿quién osaría decir que no es pendejo? Yo no, tú tampoco, seamos sinceros.
Pero sigamos pegando palabras, hablemos de ti, de tu estupidez al volante, en el metro, en el autobus, en casa, en tu subconsciente. Hablemos de todo lo que no das, por egoísmo, y que guardas para un mejor momento; de cómo esperas ser feliz en un tiempo futuro que, seamos claros, nunca llegará. De cómo esperas que el “mundo” te jale y de cómo te dejas llevar por la ola, tan dócilmente como cuando asistías a la escuela todos los días. Hablemos de tus esperanzas, de tus expectativas y de cómo, el día en que comienzas a pensar en la muerte, has llegado al climax del crecimiento a partir del cual todo es cuesta abajo.
O mejor aún, hablemos de la falta de sentido, hablemos de todo lo que no queremos hablar y hagamos lo de siempre: hablar para no decir nada, hablar para hacer nada y sintamos como la humanidad nos jala de la matriz a la tumba.
Hablemos, es lo único que nos queda.
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Volar de París a Dublín en un día tan gris hizo que me sintiera más cómodo que nunca con mi larga gabardina. Normalmente siempre dejo que sean los demás quienes se ocupen de localizarnos en el tiempo y en el espacio y de que tanto nosotros como nuestras maletas vayan al sitio adecuado. Yo sólo llevaba aquella gabardina. Es por eso que mi falta de orientación me impide viajar solo y por lo tanto siempre he de dejarme arrastrar a hacer lo típico en una ciudad cuyas calles y puntos vitales desconozco: esto es el aeropuerto, estación de autobús o tren donde llegamos y ese otro desde el que emprenderemos el viaje de vuelta. Realmente casi nadie sabe disfrutar cuando va a un sitio donde nadie lo conoce, del que no conocen tan siquiera correctamente el idioma y del que probablemente se pierdan la mayor parte. Se concentrarán en hacer viajes interiores largos pasando gran parte de su estancia en un tranvía, tren, autobús… Caminarán al lugar donde se encuentran las cosas que hay que ver como si fuera posible hallar alguna obligatoriedad en ello. Y finalmente acabarán pensando que el país que han ido a visitar, es como una de esas postales que han comprado en alguna tienda de recuerdos. Qué asco.
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Creo que durante años no me ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados. De pequeño siempre juzgaba el pasado como feliz y merecedor de recordarlo, casi como una sucesión de episodios gloriosos. Y es que la vida me iba demasiado mal como para poder tan siquiera vislumbrar que había horizones más lejanos con los que en aquel momento ni tan siquiera me atrevía a soñar. Con el claro objetivo de rememorar algún día la infancia, mi yo adolescente guardó casi todas mis pertenencias bien embaladas para la posteridad, entre las cuales se encontraban: algunos juguetes de cuerda, un coche teledirigido, mi primera videoconsola, un chicle Boomer junto con otras golosinas de la época, relojes de plástico cuyo interior contenía varias bolitas que jamás salían de un laberinto de tabiques transparentes, algunas fotografías de excursiones escolares….
Un día me di cuenta de que en realidad no había nada que recordar. Dejé de sentir nostalgia para siempre como si todo lo que hubiera hecho y vivido hasta ese momento no tuviera por qué mencionarse ni recrearse de nuevo en mi memoria. Los juguetes ardieron igual que los libros de preescolar y todo lo demás, sin causarme la más mínima tribulación. Era como si hubiera viviedo en un cuerpo y un lugar que no me correspondían, así que los juegos y las diversiones de la infancia ya no me resultaban divertidos; y dudaba que jamás lo hubieran sido, ni siquiera de niño. Tampoco los libros, revistas y cuadernos escolares atestados de ejercicios con sus respectivas correcciones juzgaba que me hubieran enseñado nada ni servido para nada.
No me gustaba aquel pueblo y nunca lo había hecho. En cuanto fui consciente de la parte tan importante de mi propia experiencia vital que había negligentemente perdido, comencé a odiarlo con más fuerza que nunca. Las gentes siempre caminaban despacio entre fachadas cuarteadas y pintadas de cal a rodales. No tenían adónde ir ni nada mejor que hacer que esperar hasta el día de su muerte deglutiendo, respirando o pasando el rato… ¿Quién no se sentiría desolado pensando que no había nada más allá de eso en la existencia? La pereza había llevado aquella gente a quedarse allí y quién sabe si también tuvo algo que ver la falta de buen gusto y el no poseer grandes expectativas. A mí sólo me hacía falta construir un futuro mejor o fenecer en el intento… Nada por lo que no mereciera la pena arriesgarse.
La penumbra que cubre Praga por la noche es como entrar en un cuento de Poe, un tunel sin salida, con todos los cliches de cloacas, goteras y luces tamizadas por la neblina, y tambien con sus silencios, donde sólo el raspar de los rieles del tranvia quiebra la soledad infinitesimal.
Es este tipo de vida el que deberia haber en todos los sitios y que, desafortunadamente, se perderá cuando ccambien su moneda por razones comunitarias. Pero, por el momento, la gente sigue saliendo por las noches a comer y beber, a bailar, a charlar. Los cafes y restaurantes cierran a las dos de la manana; los bares, algunos, nunca cierran.
A pesar de que algunos chechos sueñan con Europa occidental, al menos pueden ciruclar libremente, eso ya es bastante, y mantienen un modus vivendi que otros países añoran desde que les ha caído la lápida del euro.
Después vendran los cambios económicos que esto conlleva, es decir, la tajada con la que tendrán que pagar sera quizás la de ofrecer mano de obra, o bien, de sacrificar parte de la comodidad cotidiana como ha sucedido en Paris, Londres y Venecia, donde la gente mira los monumentos para rayarlos de su mapa, pero piensa dos veces antes de tomarse un café de cinco euros servido por un mesero malencarado que gana lo mismo que un barrendero, que un controlador de billetes de metro, que un preparador de hamburguesas.
De las caras de los jóvenes sólo puedo decir que me parece que el color de su piel y su semblante combinan con el frio y la neblina, con la nieve y con ese aire eslavo que les endurece el rostro.
Los chicos usan ropa de colores, abrigos impermeables para la nieve, son coloridos y paradójicamente sobrios, aunque sin duda ríen y hablan con mayor facilidad que los franceses, ingleses y alemanes.
En cuanto a la lengua, está llena de erres, de sonidos rasposos como un par de patadas, y muy pocos hablan inglés fluido, pero lo hacen, sin duda, mejor que los españoles o los franceses.
Aquí la gente sonríe cuando se le agradece en checo o cuando se brinda como se hace en esta lengua, con esa palabra suena a nombre de montaña y que ahora no recuerdo, pero que es algo con n, v, r y k, y unas cuantas a.
Praga es Kafka, se comprenden sus descripciones, sus colores, sus sentencias.
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